Un análisis riguroso pone en duda el vínculo Microbioma- Autismo

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La alta frecuencia de síntomas gastrointestinales en personas con TEA impulsaron una ola de estudios que sugerían un vínculo biológico entre el microbioma intestinal y la conducta.

Un artículo de opinión publicado en Neuron reavivó el debate sobre una de las teorías más populares —y controvertidas— en torno al trastorno del espectro autista (TEA): la idea de que la microbiota intestinal podría desempeñar un papel causal en la condición. Tras revisar los trabajos más influyentes del campo, los autores concluyen que la evidencia disponible sigue siendo insuficiente y metodológicamente débil como para sostener esta hipótesis.

Una teoría atractiva, pero sin sustento sólido

Durante la última década, el auge del “eje intestino-cerebro” y la alta frecuencia de síntomas gastrointestinales en personas con TEA impulsaron una ola de estudios que sugerían un vínculo biológico entre el microbioma intestinal y la conducta. Sin embargo, según Kevin Mitchell, PhD, profesor de genética y neurociencia en el Trinity College de Dublín, la popularidad de la idea ha superado la calidad de los datos.

Mitchell enfatiza que muchos estudios presentan muestras pequeñas, metodologías poco robustas y conclusiones exageradas, lo que ha fomentado intervenciones experimentales como probióticos, dietas restrictivas o trasplantes fecales pese a la falta de pruebas causales.

El análisis revela que, en estudios observacionales con humanos, las diferencias en la composición de la microbiota suelen desaparecer al controlar variables como dieta, genética compartida o hábitos alimentarios característicos del TEA. En muchos casos, las muestras comparativas incluían entre 7 y 43 personas por grupo, cuando se requieren miles para detectar diferencias biológicas reales.

Los experimentos con animales presentan problemas similares: comportamientos definidos de forma imprecisa, uso de modelos no representativos y análisis estadísticos que amplifican efectos que no se reproducen en estudios posteriores.

Asimismo, los ensayos clínicos que evalúan tratamientos basados en el microbioma carecen, en su mayoría, de controles placebo, diseños ciegos o potencia estadística suficiente. Incluso el estudio controlado de mayor tamaño no mostró diferencias significativas entre el trasplante fecal y el placebo.

¿Un callejón sin salida?

Los autores plantean que el campo podría estar llegando a un punto muerto, alimentado más por expectativas mediáticas que por evidencia convergente. Sugieren que la investigación futura debe apoyarse en muestras amplias, diseños rigurosos y replicación previa a la publicación. De lo contrario, dudan que la línea de investigación avance hacia conclusiones fiables.

Aun así, otros especialistas instan a no abandonar el área. Investigadoras como Lisa Aziz-Zadeh, PhD, de la Universidad del Sur de California, señalan que los estudios más sólidos —integrando microbioma, neuroimagen y comportamiento— apenas están emergiendo, y que descartar el campo sería prematuro. Su equipo ha identificado vínculos entre metabolitos derivados del triptófano, actividad cerebral y síntomas del autismo, una vía potencialmente relevante que requiere estudios longitudinales más amplios.

Rosa Krajmalnik-Brown, PhD, de Arizona State University, también defendió la continuidad de la investigación, subrayando que sus trabajos muestran mejoras gastrointestinales y conductuales, aunque reconoce que se necesitan ensayos aleatorizados con mayor rigor para avanzar.

El debate refleja los retos históricos en la investigación del autismo: resultados inconsistentes, tamaños de muestra insuficientes y metodologías dispares. Para muchos científicos, el futuro depende de estudios colaborativos de gran escala capaces de evaluar simultáneamente factores genéticos, microbianos, metabólicos y neurobiológicos.

Por ahora, concluyen los autores del artículo en Neuron, no existen pruebas convincentes de que la microbiota desempeñe un papel causal en el TEA. El llamado, aseguran, no es a abandonar la investigación, sino a reforzar el rigor científico antes de promover hipótesis o terapias sin suficiente respaldo.

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