El cambio climático ya no solo representa una amenaza ambiental, sino también un desafío creciente para los sistemas de salud. El incremento de las temperaturas, las sequías prolongadas y las alteraciones en los patrones de precipitación han favorecido la aparición de grandes incendios forestales, eventos que, además de provocar daños inmediatos, generan secuelas físicas y mentales que pueden persistir durante meses o incluso años.
Así lo expone un artículo publicado en AMF-Actualización en Medicina de Familia, en el que especialistas analizan cómo estos fenómenos están modificando el trabajo cotidiano de la atención primaria, una especialidad que desempeña un papel clave en la identificación temprana y el seguimiento de pacientes afectados por incendios de gran magnitud.
Los autores explican que las enfermedades asociadas a los incendios no son completamente nuevas, pero sí ha cambiado la magnitud y la complejidad con la que se presentan. Entre las complicaciones más frecuentes se encuentran las agudizaciones de enfermedades respiratorias crónicas, irritaciones oculares y, a mediano y largo plazo, un incremento de los trastornos de ansiedad y del trastorno por estrés postraumático (TEPT).
«Estamos observando que no son necesariamente enfermedades desconocidas, sino un cambio drástico en la magnitud y el perfil de las afecciones que llegan a nuestras consultas», señaló el Dr. José Luis Ramón Trapero, médico de familia y miembro del equipo autoral del estudio.
El especialista también advierte que la inhalación de materiales modernos durante los incendios puede provocar toxicidad sistémica compleja, debido a la combinación de monóxido de carbono y cianuro, además de favorecer el desarrollo de enfermedades respiratorias crónicas como la EPOC.
Monóxido de carbono: una amenaza que puede aparecer semanas después
La investigación destaca que la intoxicación por monóxido de carbono (CO) continúa siendo la principal causa de muerte inmediata en los incendios, mientras que la inhalación de humo representa una de las urgencias más importantes que deben reconocer los profesionales sanitarios.
Uno de los mayores riesgos es el denominado síndrome neurológico tardío, una complicación que puede manifestarse entre semanas y hasta 40 días después de una aparente recuperación, con síntomas como deterioro cognitivo, alteraciones de la marcha, parkinsonismo y cambios de personalidad. «Es especialmente preocupante porque brota cuando parece que el peligro ha pasado. Tras una aparente recuperación de la intoxicación, entre el 10 % y el 30 % de los pacientes desarrollan el citado cuadro clínico», explicó el Dr. Ramón Trapero.
El estudio resalta que una intervención temprana con oxigenoterapia hiperbárica en las primeras seis horas puede reducir significativamente este riesgo, mientras que posteriormente es indispensable realizar controles periódicos del estado neurológico y cognitivo del paciente.
Cómo identificar rápidamente una lesión por inhalación de humo
Los investigadores recuerdan que la exploración clínica sigue siendo la herramienta más importante para detectar lesiones respiratorias graves.
Entre los signos de alarma destacan:
- Hollín en la orofaringe.
- Vibrisas nasales quemadas.
- Esputo carbonáceo.
- Disfonía o estridor.
Estos hallazgos indican una posible afectación de la vía aérea que requiere atención médica urgente. Además, el artículo incorpora algoritmos clínicos para ayudar a los médicos de atención primaria a decidir qué pacientes pueden tratarse en el centro de salud y cuáles deben ser trasladados inmediatamente a un hospital. El documento también enfatiza la importancia de actuar correctamente durante los primeros minutos tras una quemadura.
La recomendación principal consiste en irrigar la lesión con agua corriente durante 20 minutos, evitando remedios caseros y el uso rutinario de antibióticos profilácticos. Asimismo, los especialistas destacan la necesidad de calcular correctamente la superficie corporal afectada para decidir la derivación hospitalaria y ajustar el tratamiento.
Las secuelas psicológicas pueden durar mucho más que el incendio
Los efectos sobre la salud mental representan otra de las principales preocupaciones. Las personas que experimentan un gran incendio pueden desarrollar ansiedad, depresión o trastorno por estrés postraumático, especialmente cuando han perdido su vivienda o han estado expuestas a situaciones de riesgo extremo.
«Debemos evitar la medicalización temprana del estrés. No recomendamos el uso sistemático de benzodiacepinas; en su lugar, priorizamos la primera ayuda psicológica basada en la escucha activa y la normalización de las emociones», explicó el Dr. Ibon Mendiolagaray Bilbao, también integrante del equipo investigador.
Gracias al seguimiento continuo característico de la medicina familiar, los especialistas consideran posible detectar de manera precoz la aparición de trastornos psicológicos o incluso un aumento en el consumo de alcohol antes de que estas condiciones se cronifiquen.
El estudio concluye que muchas de las complicaciones derivadas de los grandes incendios aparecen semanas o meses después del evento, por lo que el seguimiento longitudinal realizado por los médicos de familia resulta esencial para identificar secuelas respiratorias, neurológicas, dermatológicas y psicológicas, adaptar tratamientos y coordinar derivaciones oportunas.
«La prevención de secuelas comienza en el mismo lugar del incendio y continúa durante meses en la consulta», afirmó el Dr. Lucas Matute Zigarán, quien además destacó la importancia de realizar espirometrías de control, vigilar el estado cognitivo y emocional de los pacientes e incluso evaluar sus condiciones sociales y de habitabilidad tras el desastre.
Los autores concluyen que el incremento de los grandes incendios obligará a incorporar estas emergencias como una nueva competencia clínica dentro de la medicina familiar, consolidando el papel estratégico de la atención primaria frente a los efectos del cambio climático sobre la salud de las personas y las comunidades.









