Los ritmos circadianos regulan procesos como el ciclo celular, la reparación del ADN, el metabolismo, la respuesta inmunitaria y la producción hormonal. Estas variaciones también pueden influir en la biología de los tumores y en la manera en que el organismo responde a los tratamientos, dando paso al estudio de la cronoterapia oncológica.
La estrategia busca ajustar el momento de administración de determinados tratamientos a los ritmos biológicos del paciente para potenciar su efecto y reducir la toxicidad. Estudios han evaluado esta aproximación con medicamentos como cisplatino, 5-fluorouracilo y doxorrubicina, aunque los beneficios no son uniformes entre los diferentes tipos de cáncer y tratamientos.
Una revisión sistemática de 18 ensayos clínicos aleatorizados encontró una reducción de la toxicidad con quimioterapia cronomodulada en 61 % de los estudios, mientras que solo 17 % reportó una mejoría en la eficacia. Estos resultados sugieren que, hasta ahora, la reducción de efectos adversos podría ser un beneficio más consistente que una mejora en el control tumoral o la supervivencia.
El momento óptimo también podría variar según el sexo. Un metaanálisis de tres ensayos de fase III en cáncer colorrectal metastásico encontró una ventaja de supervivencia asociada con la quimioterapia cronodulada en hombres, pero no en mujeres. Además, factores como la edad, el cronotipo, los horarios de sueño, la alimentación, la actividad física y las características genéticas del tumor pueden modificar la respuesta.
La investigación también ha explorado el momento de administración de la inmunoterapia. En melanoma avanzado, algunos estudios observacionales han asociado una mayor proporción de infusiones de inhibidores de puntos de control inmunitario realizadas después de las 4:30 p. m. con una menor supervivencia. Sin embargo, estos resultados no establecen una hora universal para administrar inmunoterapia ni demuestran que recibirla más temprano mejore directamente la supervivencia.
La radioterapia también podría estar influenciada por los ritmos circadianos debido a su relación con mecanismos de reparación del ADN, pero los resultados clínicos siguen siendo inconsistentes. De manera similar, intervenciones como la terapia de luz, la actividad física y la terapia cognitivo-conductual para el insomnio pueden ayudar a mejorar alteraciones del sueño y del ritmo circadiano durante el tratamiento, aunque no se ha demostrado que mejoren directamente la supervivencia.
Uno de los principales retos es determinar el momento biológico individual y no solamente la hora del reloj. Los investigadores estudian el uso de dispositivos portátiles, actigrafía y biomarcadores fisiológicos para identificar patrones de sueño, actividad, temperatura y otros indicadores circadianos. En el futuro, estos datos podrían combinarse con modelos computacionales e inteligencia artificial para personalizar los horarios terapéuticos.
Por ahora, la cronoterapia representa una estrategia prometedora, pero todavía no constituye una práctica estándar para programar tratamientos oncológicos. Se necesitan estudios prospectivos que determinen qué pacientes, tumores y terapias pueden beneficiarse y cuál es realmente la ventana circadiana más adecuada.
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