Autora: Yesenia Delgado Castillo, Psicóloga Social Comunitaria
Un elemento central en la prevención es la comprensión de los factores de riesgo y los factores de protección. No todas las personas cuentan con los mismos recursos, oportunidades, acceso o apoyos. La realidad es que esa distribución no es, de ninguna manera, uniforme. Por eso, la prevención no puede limitarse a reducir riesgos; también implica fortalecer los factores de protección.
Los factores de protección son elementos que ayudan a las personas a enfrentar mejor los retos. Esto no quiere decir que eliminen las dificultades, sino que contribuyen a reducir su impacto y a potenciar nuestra capacidad para adaptarnos, responder ante la adversidad y recuperarnos. Por lo tanto, fortalecer los factores de protección es, en esencia, una manera de invertir en el bienestar colectivo y de crear condiciones para una vida más saludable, no solo en lo físico, sino también en lo emocional y social.
Un ejemplo concreto se observa después de un desastre natural: las comunidades con mayores niveles de organización suelen recuperarse más rápido. En este contexto, el apoyo emocional, la capacidad colectiva de respuesta y la cohesión social ayudan a reducir el impacto de la crisis y a facilitar la adaptación a los cambios.
Ahora bien, si hablamos de invertir en los factores de protección, se debe hablar también de invertir en la prevención.
Con frecuencia, vemos la prevención como un gasto adicional. Pero, ¿qué es más costoso: prevenir antes de que la problemática ocurra o intervenir cuando ya está presente? ¿Cuánto nos cuesta la violencia, la deserción, la pobreza o las enfermedades prevenibles?
Responder de forma tardía requiere más recursos humanos, económicos e institucionales y suele implicar costos significativamente mayores. Entre estos costos se incluyen más sufrimiento humano, pérdida de vidas y deterioro de la salud física y mental. También se incrementa el uso de recursos públicos para atender crisis y emergencias que pudieron haberse evitado, así como la incidencia de conductas de riesgo. A esto se suma la pérdida de confianza en las instituciones, el aumento de la desesperanza y diversas limitaciones para el desarrollo individual y colectivo.
Por tanto, trabajar desde la prevención requiere hacer un cambio de “chip”. Implica pasar de reaccionar cuando ya los problemas han surgido a desarrollar estrategias que permitan anticiparlos, prevenirlos o reducir su impacto. Asimismo, supone fortalecer aún más los factores de protección. A su vez, requiere intervenciones a nivel individual, social y comunitario, así como sostenibilidad en las prácticas, intervenciones y enfoques que se implementen.
La prevención funciona. Vasta evidencia así lo indica, tanto a nivel nacional como internacional. De hecho, en Puerto Rico existen organizaciones y proyectos que trabajan la prevención desde diversos escenarios.
La cuestión no es si la prevención es o no efectiva. La cuestión es si tenemos la disposición y voluntad para hacerla una prioridad e invertir tiempo y recursos en estrategias cuyos resultados, aunque no siempre son inmediatos, tienen el potencial de transformar las condiciones que generan muchas problemáticas sociales.
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