Progreso, humanidad y esperanza en las malignidades hematológicas

columna de opiniÓn web

Autor: Dr. William Marrero, hematólogo oncólogo con subespecialidad en leucemia en el MD Anderson Cancer Center.

El verdadero progreso en las malignidades hematológicas no se mide solo por la llegada de nuevos fármacos, resultados de estudios clínicos o avances en genética. Se mide, sobre todo, por lo que esos adelantos significan para la vida de una persona. Se siente en el paciente que recibe un diagnóstico difícil y encuentra un equipo que le explica con calma lo que está pasando. En la familia pasa del miedo y la confusión a entender cuáles son las opciones. En la posibilidad de regresar a casa  luego de una hospitalización, de compartir una comida con seres queridos, de asistir a un evento importante o de volver a tener la capacidad de hacer planes.

Un diagnóstico de leucemia, linfoma, mieloma u otra enfermedad de la sangre puede cambiar tu vida de la noche a la mañana. A menudo, todo empieza con un persistente cansancio, infecciones repetidas, moretones que aparecen sin explicación, anemia o unos valores que no son normales en un laboratorio de sangre rutinario. Lo que se veía como una preocupación sencilla puede convertirse, en pocos días, en citas médicas, estudios especializados, hospitalizaciones y conversaciones que nadie espera tener.

Es habitual que, además, surjan muchas preguntas: “¿Qué tengo?, ¿qué tratamiento necesito?, ¿voy a mejorar?, ¿podré seguir trabajando?, ¿cómo afectará esto a mi familia?, ¿qué pasará después?”. Algunas veces las palabras de los médicos pueden parecer difíciles de entender y esto puede aumentar la ansiedad. Por eso, una de las partes más importantes del cuidado no es solamente indicar un tratamiento, sino explicar claramente qué está ocurriendo y acompañar a cada persona durante el proceso.

La medicina ha dado grandes pasos. Hoy sabemos que en muchas enfermedades de la sangre, cada paciente es diferente. Aunque a dos personas se les diagnostique la misma enfermedad, ésta puede comportarse de diferente manera, dependiendo de algunas características que se vean en la sangre, la médula ósea y los genes de las células enfermas. Con esa información, los especialistas pueden elegir los tratamientos más adecuados para cada caso.

En los últimos años se han creado medicamentos que atacan alteraciones específicas que hay en las células malignas. En algunos tipos de leucemia, por ejemplo, se cuentan con tratamientos que actúan sobre alteraciones genéticas específicas. Esto supone un cambio importante, ya que permite en algunos casos el uso de terapias más personalizadas. Esto no significa que todos los pacientes reciban el mismo tratamiento ni que siempre se pueda evitar la quimioterapia, pero sí que hoy hay más opciones que antes.

Ha cambiado también la forma de valorar la respuesta al tratamiento. Junto con los análisis de sangre y la médula ósea, en algunos casos se pueden hacer pruebas muy sensibles para buscar cantidades extremadamente pequeñas de enfermedad que no se pueden ver con los métodos tradicionales. Estas pruebas permiten a los médicos comprender mejor la profundidad de la respuesta y tomar decisiones acerca de los siguientes pasos en el tratamiento.

Hoy se pueden controlar por largos períodos algunas enfermedades que antes tenían pronósticos muy limitados. Otras, que anteriormente requerían tratamientos muy agresivos, ahora tienen a su alcance estrategias más específicas. En algunos tipos de leucemia los avances permiten que muchas personas tengan remisiones prolongadas e incluso posibilidades de curación. En otras enfermedades, el objetivo puede ser mantener el control, reducir los síntomas y preservar la calidad de vida durante el mayor tiempo posible.

Pero ningún tratamiento se vive como mera decisión científica. Cada uno es la historia de una persona con responsabilidades, preocupaciones y esperanzas. Hay pacientes que son padres, madres, abuelos, cuidadores, trabajadores, estudiantes o jefes de sus familias. Algunas personas se preocupan de cómo llegarán a las citas, cómo pagarán los medicamentos, quién cuidará de sus hijos, cómo harán frente a una hospitalización prolongada. Estas realidades tienen que ser parte de la conversación médica.

Por eso, el tratamiento de los cánceres hematológicos necesita mucho más que fármacos. Necesita todo el equipo. Médicos, enfermeras, farmacéuticos, trabajadores sociales, nutricionistas, psicólogos y otros profesionales pueden aportar de forma importante en distintas etapas. Las enfermeras suelen ser una presencia esencial en el transcurso de los tratamientos y las hospitalizaciones. Ellos son quienes educan, orientan, descubren cambios a tiempo y acompañan en los momentos de incertidumbre. Los trabajadores sociales pueden ayudar a superar dificultades en los siguientes aspectos: transporte, trabajo, cobertura médica o necesidades familiares. El apoyo emocional y psicológico puede ser igual de importante, porque vivir con cáncer afecta no sólo al cuerpo, sino también al estado de ánimo, a las relaciones y a la manera de ver el futuro de una persona.

Nadie debería tener que hacer frente a un diagnóstico de cáncer de la sangre, solo o sin apoyo. Hablar del miedo, la tristeza, la incertidumbre o el cansancio emocional ayuda a que paciente y familia no se sientan solos. La salud emocional no es algo aislado del tratamiento, es parte del bienestar general y puede afectar la forma en que una persona enfrenta cada etapa de su cuidado.


La esperanza también es importante en esta conversación, pero debe ser una esperanza honesta. No es negar que la enfermedad puede ser difícil, ni prometer resultados que nadie puede garantizar. La esperanza puede adoptar diversos aspectos. Para algunas personas, esto puede significar lograr una remisión total. Para otras, puede ser controlar la enfermedad por mucho tiempo, reducir los síntomas, recibir un tratamiento que permita pasar más tiempo en casa o participar en una investigación clínica que ofrezca una nueva alternativa.


Los estudios clínicos han sido fundamentales para todos los avances que tenemos hoy en día. Cada uno de los tratamientos que hoy utilizamos pasó, en algún momento, por un cuidadoso proceso de investigación. Participar en un estudio clínico puede ser una opción para algunos pacientes, en función de su diagnóstico, del tratamiento previo y de su situación general. No es para todos, pero es importante conversar con el equipo médico sobre esta posibilidad. Un estudio clínico debe ser explicado de forma clara, incluyendo sus posibles beneficios, riesgos, los requisitos y las alternativas que existan.


El progreso debe significar también acceso. Simplemente no es suficiente que existan nuevas pruebas o medicamentos si los pacientes no tienen acceso a ellos. El acceso a una atención de calidad puede verse afectado por la ubicación geográfica, la cobertura médica, los recursos económicos, la disponibilidad de especialistas y las barreras de idioma. Todos merecen recibir información comprensible, evaluaciones adecuadas y la oportunidad de conocer las opciones que pueden ayudarlos.


En Puerto Rico, hoy más que nunca, hay que fortalecer el acceso a una atención especializada, oportuna y verdaderamente centrada en el paciente. Con mi regreso al país, me he confirmado que disponemos de profesionales de extraordinaria preparación, compromiso y vocación, dispuestos a darlo todo por nuestros pacientes y sus familias. En cada paso del cuidado hay talento, experiencia y un profundo sentido de responsabilidad.


Pero, con demasiada frecuencia, la burocracia obstaculiza o retarda el proceso necesario para llegar a un diagnóstico certero y comenzar un tratamiento adecuado. Las autorizaciones tardías, las dificultades para obtener estudios especializados y las barreras administrativas pueden sumar incertidumbre a un momento que ya es emocionalmente difícil para el paciente y su familia. En las enfermedades hematológicas cada minuto cuenta, cada hora de demora puede ser decisiva.

Por ello se debe facilitar el acceso a las pruebas de diagnóstico especializadas, incluyendo estudios de médula ósea, citogenética, análisis moleculares y evaluación de enfermedad residual medible  a todo paciente con malignidad hematológica. También, debemos ampliar las oportunidades de investigación clínica, fortalecer la colaboración entre instituciones y garantizar que los avances científicos estén al alcance de nuestra población. No sólo se trata de tener tecnología y tratamientos modernos, sino de que todos los pacientes puedan tener acceso a ellos de manera justa, ágil y en el momento que más los necesite.

Mirar al futuro es motivo de optimismo. La investigación sigue progresando en la búsqueda de tratamientos más precisos, formas de disminuir los efectos secundarios, medicamentos que ayudan al sistema inmunológico a identificar las células enfermas y técnicas para diagnosticar la enfermedad con mayor precisión. Estos avances tienen potencial para seguir transformando la vida de muchas personas.


El futuro de la Hematología no va a depender sólo de laboratorios, tecnología o nuevos medicamentos. También dependerá de la habilidad para escuchar, para explicar y para acompañar. Va a depender que cada paciente sea visto como una persona completa, no como un diagnóstico o un resultado de laboratorio. Eso dependerá de que la ciencia llegue a los que la necesitan, en el momento adecuado y con el apoyo que necesitan para enfrentar el tratamiento.


El progreso verdadero sucede cuando el conocimiento científico se encuentra con la compasión. Sucede cuando una persona tiene un diagnóstico difícil, pero no tiene que recorrer sola el camino. Sucede cuando un médico expresa sinceridad, cuando una enfermera aporta calma, cuando una familia descubre dirección y cuando un enfermo percibe que aún conserva el derecho a opinar sobre su existencia.


La ciencia nos ha entregado armas cada vez más poderosas para combatir las malignidades hematológicas. Pero lo humano no tiene sustituto. Curar cuando se pueda, controlar la enfermedad cuando sea necesario y acompañar siempre: esa es la verdadera medida del progreso.


Cada resultado de laboratorio esconde a una persona a la espera de una llamada, una explicación, una señal de esperanza. Tras cada diagnóstico hay un padre, una madre, un hijo, una hija, una pareja, un hermano, una amiga o un amigo, alguien que ocupa un lugar único en la vida de los demás. Por detrás de cada prueba de sangre, biopsia o estudio molecular hay una historia que merece ser escuchada con respeto.


Por ello, ningún número, mutación o informe médico debe hacernos olvidar a la persona que está detrás del resultado. Los avances científicos son necesarios, pero adquieren su verdadero significado cuando se traducen en más tiempo, menos sufrimiento, mejores decisiones y una atención más humana. Porque al final, el objetivo no es solo tratar una enfermedad de la sangre: es cuidar una vida, sostener una familia y acompañar con conocimiento, dignidad y esperanza a cada paciente.

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