Medicamentos en exceso un riesgo que cobra importancia en los adultos mayores

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Benzodiacepinas, antibióticos y aspirina forman parte de los medicamentos analizados por sus posibles efectos adversos, uso innecesario y riesgo de sangrado, según el caso clínico de cada paciente.

En los adultos mayores, la revisión periódica de los medicamentos forma parte esencial de una atención segura. Algunos fármacos que durante años fueron utilizados de manera habitual han sido objeto de nuevas investigaciones que han permitido identificar riesgos, efectos adversos o beneficios más limitados en determinados grupos de pacientes.

El reto no siempre está en iniciar un tratamiento, sino en determinar cuándo un medicamento debe mantenerse, ajustarse, sustituirse o retirarse de manera supervisada. “Las personas tienden a utilizar un medicamento incluso cuando ya no lo necesitan”, señaló Michael Steinman, geriatra de la University of California-San Francisco y codirector de la U.S. Deprescribing Research Network. Según el especialista, iniciar un medicamento puede ser sencillo, mientras que suspenderlo puede resultar más complejo.

Benzodiacepinas y riesgo de dependencia

Las benzodiacepinas se utilizan principalmente para tratar ansiedad e insomnio, pero en las personas mayores requieren especial precaución debido a sus posibles efectos sobre el sistema nervioso central.

De acuerdo con Mark Olfson, psiquiatra y epidemiólogo de la Universidad de Columbia, estos medicamentos y otros relacionados pueden afectar el equilibrio, la coordinación y la función cognitiva, aumentando el riesgo de caídas, fracturas y accidentes. El riesgo puede ser todavía mayor cuando se combinan con opioides.

Otro aspecto relevante es la dependencia física. Una vez que el paciente ha utilizado estos medicamentos durante determinado periodo, suspenderlos abruptamente puede provocar síntomas de abstinencia. Los datos citados en el informe muestran que, entre las personas de 65 años o más, la proporción que surtió recetas de benzodiacepinas descendió de aproximadamente 14 % en 2015 a 11,5 % en 2024. Sin embargo, el uso aumentó entre los mayores de 75 años entre 2020 y 2024.

Por esta razón, la suspensión no debe realizarse de manera repentina. Olfson enfatizó que se requiere una reducción gradual y supervisada por un profesional de la salud, proceso que puede tomar varias semanas.

Antibióticos, no siempre son necesarios

Otro de los problemas identificados es el uso innecesario de antibióticos. Un ejemplo señalado en investigaciones recientes es el manejo de la diverticulitis no complicada.

Durante años, los antibióticos fueron parte habitual del tratamiento. Sin embargo, desde 2015 la Asociación Americana de Gastroenterología recomendó evitar su utilización rutinaria en los casos de diverticulitis no complicada, debido a que los ensayos clínicos no habían demostrado beneficios importantes sobre mortalidad, cirugía, complicaciones o recurrencias. A pesar de estos cambios en las guías, un análisis de aproximadamente 70.000 consultas en 120 centros de Veterans Affairs encontró que los antibióticos continuaban siendo prescritos en el 97 % de las consultas estudiadas por esta condición.

El problema no se limita a la falta de beneficio. Los antibióticos también pueden producir efectos adversos, incluyendo náuseas, vómitos y diarrea, además de incrementar el riesgo de infección por Clostridioides difficile. Su utilización frecuente también contribuye a la resistencia antimicrobiana, considerada por la Organización Mundial de la Salud una amenaza importante para la salud mundial. Jesse Sutton, farmacéutico e investigador de Veterans Affairs, recomienda que cuando se prescribe un antibiótico el paciente pregunte cuál es la razón específica para utilizarlo.

La aspirina plantea una situación diferente. Su disponibilidad sin receta y su uso histórico para prevenir eventos cardiovasculares han llevado a que algunos adultos mayores la consuman sin una reevaluación médica periódica. En pacientes que ya han sufrido un infarto, accidente cerebrovascular o una intervención cardiovascular, la aspirina a dosis bajas puede utilizarse como prevención secundaria y disminuir el riesgo de nuevos eventos. Sin embargo, la situación cambia cuando se trata de personas que nunca han presentado uno de estos episodios.

Las recomendaciones sobre la prevención primaria se modificaron en los últimos años. En 2019, el American College of Cardiology y la American Heart Association recomendaron no utilizar aspirina con este propósito en personas de 70 años o más, mientras que el U.S. Preventive Services Task Force recomendó no iniciar este tratamiento para prevención primaria a partir de los 60 años.

Una de las principales razones es el riesgo de sangrado, que aumenta con la edad y puede manifestarse como hemorragia gastrointestinal. En casos menos frecuentes, pero de mayor gravedad, también pueden producirse hemorragias cerebrales. “A medida que envejecemos, aumenta el riesgo de sangrado”, explicó Timothy Anderson, médico internista de la University of Pittsburgh y codirector de su Prescribing Wisely Lab.

No obstante, la decisión sobre la aspirina no es igual para todos los pacientes. El informe señala que determinados adultos mayores con alto riesgo cardiovascular podrían obtener beneficios de la prevención primaria, mientras que suspenderla en quienes ya la utilizan también puede tener implicaciones clínicas.

Por ello, Anderson recomienda que el primer paso sea conversar con el médico de atención primaria y preguntarse si el tratamiento continúa siendo adecuado a medida que aumenta la edad.

Revisar también es parte del tratamiento

La experiencia con estos medicamentos pone sobre la mesa un concepto cada vez más relevante en geriatría: la prescripción debe ser dinámica.

Los cambios en la edad, las enfermedades, otros medicamentos utilizados y la evidencia científica pueden modificar la relación entre beneficios y riesgos de un tratamiento. Por eso, un medicamento que fue apropiado en determinado momento puede requerir una nueva evaluación años después.

La revisión de la farmacoterapia debe realizarse de manera individualizada y con acompañamiento profesional. En particular, medicamentos como las benzodiacepinas no deben suspenderse abruptamente, mientras que la decisión de iniciar, continuar o retirar aspirina debe considerar el riesgo cardiovascular y hemorrágico de cada paciente.

Más que asumir que un medicamento debe mantenerse indefinidamente, la atención del adulto mayor requiere preguntarse periódicamente: ¿sigue siendo necesario?, ¿continúa aportando beneficios?, ¿los riesgos han cambiado?

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