Durante décadas, el peso corporal fue una de las principales referencias para determinar si una persona se encontraba en sobrepeso u obesidad. Sin embargo, la medicina ha avanzado hacia una evaluación más amplia, en la que el número que aparece en la balanza representa apenas una parte de la información necesaria para comprender el estado de salud de un paciente.
La Dra. Paola Mansilla, endocrinóloga y presidenta de la Sociedad de Obesidad y Síndromes Asociados, explicó que una variación en el peso no necesariamente significa un cambio proporcional en la cantidad de grasa corporal o en el riesgo metabólico. “No es solamente la balanza”.
Una persona puede experimentar un aumento de peso por múltiples razones, entre ellas retención de líquidos, consumo elevado de sodio o cambios en la ingesta de líquidos. Por ello, interpretar cada fluctuación de la balanza como un aumento o disminución de grasa puede conducir a conclusiones equivocadas.
El IMC tiene limitaciones en la evaluación individual
Otro de los indicadores tradicionalmente utilizados es el índice de masa corporal (IMC). Aunque continúa formando parte de la evaluación clínica, la Dra. Mansilla destacó que tampoco debe utilizarse como único parámetro para determinar la presencia de obesidad.
El IMC establece una relación entre el peso y la estatura, pero no diferencia entre los distintos componentes del cuerpo. Esto adquiere especial relevancia en personas con una elevada masa muscular. “El índice de masa corporal puede estar superalto en un paciente musculoso, que haga ejercicio, que tenga buena masa muscular y no necesariamente quiere decir que el paciente tiene obesidad”.
Por esta razón, el análisis clínico debe incorporar otros indicadores capaces de ofrecer una imagen más precisa de la composición corporal. Entre las herramientas que pueden complementar la valoración se encuentran los estudios de composición corporal, incluida la bioimpedancia.
Estas evaluaciones permiten estimar componentes como masa grasa, masa muscular y agua corporal, información que puede ser particularmente útil durante el seguimiento de una persona que recibe tratamiento para la obesidad. “Te miden músculo, miden grasa, te miden agua y todo esto nosotros lo vamos viendo para saber cuál es la tendencia de ese paciente a lo largo del manejo de la obesidad”, señaló la especialista.
Esto permite que el equipo médico observe, no solamente cuánto cambia el peso, sino qué está ocurriendo con la composición del organismo a medida que avanza la intervención.
Una reducción en la balanza, por ejemplo, adquiere un significado clínico diferente si corresponde principalmente a una disminución de masa grasa o si existe una pérdida importante de masa muscular.
El éxito terapéutico no se mide únicamente en libras
Para la Dra. Mansilla, uno de los cambios fundamentales en el abordaje contemporáneo de la obesidad consiste en modificar la manera en que se define el éxito del tratamiento. En lugar de centrarse exclusivamente en cuántas libras perdió una persona, el seguimiento clínico debe considerar su estado metabólico y cardiovascular, así como la evolución de las enfermedades asociadas. “Una libra de más, una libra de menos, no necesariamente significa que el paciente esté empeorando o mejorando”.
La evaluación debe contemplar, entre otros elementos, la presencia o evolución de hipertensión arterial, diabetes tipo 2 y enfermedad cardiovascular, condiciones que pueden estar vinculadas con la obesidad. La especialista destacó además la importancia de vigilar alteraciones metabólicas que pueden permanecer silenciosas durante años.
Uno de los ejemplos es la enfermedad hepática esteatósica, conocida comúnmente como hígado graso. Según explicó, esta alteración puede aparecer incluso en personas que no se consideran con exceso de peso. “Hay pacientes que son delgados y no necesariamente saben que tienen hígado graso”. La ausencia de síntomas evidentes no significa necesariamente ausencia de riesgo. Por ello, la evaluación médica debe considerar el contexto metabólico completo del paciente y los factores que puedan favorecer complicaciones a largo plazo.
La evolución del manejo de la obesidad implica, entonces, pasar de una visión centrada exclusivamente en el peso a una valoración que integre composición corporal, metabolismo, comorbilidades y evolución clínica.
Para la Dra. Mansilla, esta mirada permite individualizar mejor el seguimiento y comprender que dos personas con el mismo peso pueden presentar perfiles de salud completamente diferentes. La balanza continúa siendo una herramienta útil, pero ya no representa por sí sola el panorama completo. En el abordaje actual de la obesidad, conocer qué hay detrás del peso puede ser tan importante como conocer cuánto pesa una persona.









