La música comienza a sonar y el cuerpo responde. Lo que antes era rigidez, temblor o dificultad para caminar, puede convertirse en movimiento coordinado, equilibrio y conexión emocional. En países como Argentina y Brasil, distintos estilos de danza como el tango, el samba y el forró están siendo incorporados a programas de rehabilitación para personas con enfermedad de Parkinson, mostrando beneficios tanto motores como emocionales.
Especialistas en neurología, fisioterapia y ciencias del movimiento consideran que la danza podría consolidarse como una intervención terapéutica estructurada, gracias a su capacidad para estimular múltiples sistemas del cerebro al mismo tiempo y mejorar la adherencia de los pacientes al tratamiento.
Una de las experiencias más reconocidas surgió en Argentina, cuando médicos observaron a una paciente con Parkinson avanzado bailando tango con un equilibrio y control postural inesperadamente conservados.
“Nos sorprendió ver a una paciente con enfermedad de Parkinson avanzada bailando tango en una milonga, con un control postural y un equilibrio inesperadamente preservados”, explicó la neuróloga Tomoko Arakaki, integrante de la Sección de Trastornos del Movimiento del Centro Universitario de Neurología de la Universidad de Buenos Aires.
A partir de esta observación nació el programa “Tango en el Ramos”, desarrollado desde hace más de 16 años en el Hospital J. M. Ramos Mejía de Buenos Aires. Según la especialista, los resultados no solo han mostrado mejorías motoras, sino también un importante impacto emocional y en la calidad de vida de los pacientes.
Universidades brasileñas integran danza y ciencia
El modelo argentino inspiró iniciativas similares en Brasil. Uno de los ejemplos más destacados es el proyecto Danza & Parkinson, vinculado al Centro de Referencia en Envejecimiento y Movimiento de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul.
El programa, coordinado por Aline Nogueira Haas, ofrece clases dos veces por semana dirigidas a personas con Parkinson, cuidadores y adultos mayores. Las sesiones incluyen secuencias coreografiadas y ejercicios guiados por el ritmo musical para trabajar:
- Transferencia de peso
- Cambios de dirección
- Coordinación motora
- Memoria y atención
- Organización espacial
- Respuesta a estímulos auditivos
De acuerdo con la investigadora, más de 300 participantes han formado parte del proyecto, que además funciona como espacio académico y de investigación en terapias no farmacológicas.
Beneficios que van más allá del movimiento
En la Universidad Federal de Pará, otro programa multidisciplinario combina danza, caminata y entrenamiento multimodal para personas diagnosticadas con Parkinson. El objetivo es evaluar cómo diferentes ejercicios impactan parámetros clínicos, funcionales y cognitivos.
Los testimonios de los participantes reflejan cambios concretos en su vida cotidiana:
- “Tenía mucha dificultad para vestirme; hoy me visto con más facilidad y tengo más ánimo en la vida”.
- “Sentimos cambios en las piernas, en los brazos… hasta en el cerebro, ya razonamos mejor”.
- “Aquí solo encuentro felicidad”.
Los especialistas destacan que, incluso cuando algunas escalas clínicas no muestran diferencias estadísticamente significativas, los pacientes reportan mejoras subjetivas importantes relacionadas con autonomía, movilidad y bienestar emocional.
¿Por qué la música ayuda al cerebro?
La explicación científica detrás de estas terapias radica en cómo el cerebro procesa el ritmo y el movimiento.
En la enfermedad de Parkinson, la disminución de dopamina altera la automatización del movimiento y afecta especialmente la marcha, provocando lentitud, irregularidad y episodios de bloqueo.
En este contexto, el ritmo musical funciona como una señal auditiva externa que ayuda al cerebro a organizar la ejecución motora y sincronizar percepción y acción.
La investigadora Mariana Voos explicó que los efectos de la danza se relacionan con la evocación de patrones motores previamente aprendidos y con una integración entre funciones sensoriales, cognitivas y emocionales.
Además, la danza exige ajustes constantes de equilibrio y control postural, especialmente cuando se realiza en pareja, favoreciendo una marcha más estable y coordinada. Otro de los hallazgos más consistentes es el impacto positivo de la danza en la adherencia al tratamiento.“Además de las ganancias motoras, la danza tiene un diferencial importante: no es percibida como un tratamiento de salud, sino como una actividad de ocio”, señaló Mariana Voos.
Por su parte, la investigadora Elren Passos Monteiro destacó que el entorno grupal favorece la creación de vínculos y redes de apoyo entre los participantes, fortaleciendo el sentido de pertenencia y la calidad de vida.
Aún faltan estudios más robustos
Aunque el interés científico continúa creciendo, los especialistas reconocen que todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que un tipo específico de danza sea superior a otro.
Las investigaciones aún enfrentan limitaciones como la falta de estandarización de protocolos y el reducido tamaño de algunas muestras. Sin embargo, la convergencia entre la práctica clínica y los resultados observados refuerza el potencial de la danza como complemento terapéutico en la rehabilitación neurológica.
“La danza puede considerarse una intervención terapéutica estructurada. Lo más importante es utilizar recursos que tengan sentido para el paciente y que potencien su participación activa en el proceso de rehabilitación”, concluyó Mariana Voos.









