Un amplio estudio internacional sugiere que este hábito cotidiano podría convertirse en un nuevo factor de riesgo modificable, especialmente en adultos mayores de 50 años.
La investigación analizó datos de casi 89.000 participantes del Biobanco del Reino Unido, quienes utilizaron sensores de luz en la muñeca para registrar su exposición nocturna durante una semana. Tras un seguimiento que se extendió por más de una década, los investigadores observaron que las personas expuestas de forma habitual a noches más brillantes presentaron una mayor incidencia de múltiples enfermedades cardiovasculares.
Incluso después de ajustar por factores clásicos como actividad física, tabaquismo, dieta, diabetes, duración del sueño y nivel socioeconómico, el grupo con mayor exposición nocturna a la luz mostró un aumento significativo del riesgo de enfermedad coronaria, infarto de miocardio, insuficiencia cardíaca, fibrilación auricular y accidente cerebrovascular. En términos relativos, el riesgo de insuficiencia cardíaca fue hasta un 56 % mayor, y el de infarto, un 47 % mayor, en comparación con quienes dormían en entornos más oscuros.
Las asociaciones fueron particularmente marcadas en las mujeres, sobre todo en relación con la insuficiencia cardíaca y la enfermedad coronaria, lo que refuerza observaciones previas sobre la mayor vulnerabilidad cardiovascular femenina frente a alteraciones del ritmo circadiano, como ocurre en el trabajo por turnos.
A diferencia de estudios anteriores basados en datos satelitales, este trabajo se apoyó en mediciones individuales directas, lo que permitió confirmar que el efecto de la luz nocturna es independiente de la calidad del sueño, el cronotipo, la duración del descanso o la actividad física. Los autores apuntan a la alteración de los ritmos circadianos y a la supresión de la melatonina como posibles mecanismos biológicos involucrados.
Aunque el estudio no demuestra una relación causal directa, los expertos coinciden en que reducir la exposición a la luz artificial durante la noche —por ejemplo, atenuando la iluminación del hogar o limitando el uso de pantallas antes de dormir— podría convertirse en una estrategia preventiva complementaria, especialmente en personas con otros factores de riesgo cardiovascular.
Nuevas investigaciones deberán aclarar si estos cambios sostenidos en el tiempo logran traducirse en una reducción real del riesgo de enfermedad cardiovascular.
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