Autora: Marta Rivera Rondón, PhD(c) – co fundadora y directora ejecutiva de Mar Educados, candidata doctoral en Psicología y Neurociencia Cognitiva.
En América, muchas comunidades viven encadenando crisis: desastres naturales, violencia, precariedad económica y pérdidas colectivas. Sin embargo, rara vez nos preguntamos qué ocurre en el cerebro cuando el trauma deja de ser un evento puntual y se convierte en una experiencia compartida, sostenida y cotidiana. La respuesta es clara desde la neurociencia: el trauma colectivo reorganiza el sistema nervioso de comunidades enteras.
El trauma no es solo lo que ocurrió, sino lo que queda registrado en el cerebro y el cuerpo cuando una amenaza se prolonga en el tiempo. Ante el peligro, la amígdala que es la estructura clave del cerebro para detectar amenazas, activa respuestas de supervivencia. Cuando estas respuestas se mantienen de forma crónica, el organismo permanece en estado de hiperalerta, con niveles elevados de cortisol y adrenalina. Nuestro cuerpo comienza a somatizar esa desregulación y pueden aparecer manifestaciones de enfermedades físicas.
Este estado sostenido impacta tres sistemas fundamentales. Primero, una amígdala hiperactiva, que intensifica el miedo, la irritabilidad y la desconfianza. Segundo, un hipocampo afectado, lo que dificulta la memoria, el aprendizaje y la capacidad de
contextualizar experiencias. Tercero, una corteza prefrontal debilitada, reduciendo la regulación emocional, la toma de decisiones y el control de impulsos. Estos cambios no
son fallas individuales; son respuestas neurobiológicas adaptativas a contextos adversos.
Desde una perspectiva de salud pública, el trauma colectivo tiene consecuencias profundas. Se asocia con un aumento en la ansiedad, la depresión, las conductas de riesgo, las dificultades de aprendizaje en niños y adolescentes y el agotamiento emocional en educadores, personal de salud y líderes comunitarios. Los sistemas sociales y sanitarios se saturan mientras el tejido comunitario se debilita.
Según la Organización Mundial de la Salud, un 22 % de las personas afectadas por
situaciones de emergencia pueden sufrir trastorno de estrés postraumático, trastorno
bipolar o esquizofrenia.
Por eso, abordar el trauma exclusivamente desde la terapia individual, aunque necesario, resulta insuficiente. Un cerebro que no se siente seguro no puede sanar. Conocer cómo es el funcionamiento del cerebro e integrar la neurociencia a los procesos terapéuticos tanto individuales como colectivos es una tarea impostergable.
La buena noticia es que contamos con la neuroplasticidad. Incluso después de experiencias traumáticas, nuestro cerebro puede reorganizarse cuando se crean condiciones de seguridad y conexión. Las estrategias comunitarias y preventivas como entornos educativos emocionalmente seguros, rutinas predecibles, relaciones estables y prácticas de regulación del sistema nervioso son de vital importancia para poder sanar. Algunas prácticas como la respiración consciente, los ejercicios de bajo impacto, el mindfulness y el yoga han demostrado reducir el estrés y fortalecer la resiliencia colectiva.
Hablar de trauma colectivo implica reconocer que muchas comunidades no están fallando: están respondiendo neurológicamente a la adversidad crónica. Si aspiramos a sociedades más saludables, necesitamos políticas públicas que integren la neurociencia en la educación y la salud, prioricen la prevención y reconozcan la seguridad emocional como un determinante fundamental de la salud. Sanar el trauma colectivo, integrar la neurociencia y la prevención de trastornos mentales no es solo una tarea clínica. Es una responsabilidad social.









