Durante décadas, la lipoproteína(a), o Lp(a), ha sido una partícula poco conocida fuera de los círculos especializados, a pesar de su estrecha relación con el riesgo de infarto y accidente cerebrovascular. A diferencia del colesterol tradicional, esta lipoproteína no se detecta en los exámenes de rutina, es casi completamente genética y no responde a cambios en la dieta o al ejercicio.
Hoy, cardiólogos e investigadores señalan que ese escenario podría estar a punto de cambiar. Cinco fármacos experimentales se encuentran en fases avanzadas de desarrollo con un objetivo común: demostrar que reducir los niveles elevados de Lp(a) se traduce en menos eventos cardiovasculares. El ensayo clínico más avanzado podría presentar resultados en el primer semestre de 2026.
“Hay más de mil millones de personas en nuestro planeta con niveles elevados de lipoproteínas y un mayor riesgo”, afirmó Steve Nissen, cardiólogo de la Clínica Cleveland, cuyo equipo participa en varios de estos estudios. “Tendremos que realizar una enorme labor educativa”.
La Lp(a) fue identificada en la década de 1960 y se comporta de forma similar al llamado colesterol “malo”, pero con una proteína adicional que incrementa aún más el riesgo cardiovascular. Durante años, la falta de un código diagnóstico y de tratamientos aprobados contribuyó a que pasara desapercibida. En un estudio internacional con más de 48.000 pacientes con antecedentes de enfermedad cardíaca, solo el 14 % se había realizado una prueba para medir Lp(a).
Uno de los ensayos más observados evalúa el fármaco pelacarsén, desarrollado por Novartis, que bloquea la producción hepática de la proteína asociada a la Lp(a). En estudios previos, el medicamento logró reducir sus niveles hasta en un 80 %. Ahora, el objetivo es confirmar si esa reducción se traduce en menos infartos y accidentes cerebrovasculares.
Otros tratamientos en desarrollo han mostrado descensos aún más marcados. El olpasiran, de Amgen, redujo la Lp(a) hasta en un 100 % con dosis trimestrales, mientras que Eli Lilly evalúa lepodisiran y una formulación oral dirigida a esta misma partícula.
“Si estas terapias demuestran beneficios, impactarían enormemente la vida de estas personas”, señaló Gissette Reyes-Soffer, profesora asociada del Centro Médico Irving de la Universidad de Columbia. “No se van a colocar cuatro stents”, añadió, al referirse al potencial preventivo de estos tratamientos.
Aun así, los expertos advierten que la eficacia clínica no será el único factor determinante. El acceso y el costo podrían convertirse en barreras importantes, como ya ha ocurrido con otros medicamentos cardiovasculares innovadores.
“Si estos ensayos son positivos, creo que serán revolucionarios”, afirmó Salim Virani, cardiólogo preventivo y vicerrector de la Universidad Aga Khan de Pakistán. Pero eso también dependerá de su precio, añadió, un problema que ha limitado el acceso a otros medicamentos cardiovasculares eficaces. “Los medicamentos solo son beneficiosos cuando los pacientes pueden tomarlos”, añadió.
Mientras se esperan los resultados definitivos, algunos especialistas insisten en la importancia de detectar la Lp(a) incluso sin terapias específicas aprobadas. “Creo que la Lp(a) es muy viable ahora”, dijo Erin Michos, profesora de cardiología en la Universidad Johns Hopkins. “Los médicos pueden actuar sobre otros factores de riesgo tratables, como el colesterol, la presión arterial y el peso”.
Si los ensayos en curso confirman lo esperado, la lipoproteína(a) podría pasar de ser un factor de riesgo silencioso a convertirse en un nuevo objetivo clave de la prevención cardiovascular.
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