Placa pilosa congénita en niña de 2 años enciende alerta por riesgo oncológico

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Placa pilosa congénita en la región dorsal, un hallazgo cutáneo poco común en la infancia que obliga a vigilancia dermatológica por su posible riesgo melanocítico.

“Las lesiones pigmentadas congénitas pueden cubrirse de pelo y hacerse protuberantes desde etapas tempranas de la vida”, advierten descripciones clínicas sobre los nevos melanocíticos congénitos, hallazgo que suele generar alarma diagnóstica en pediatría por su posible asociación con melanoma y compromiso neurológico.

El caso clínico describe la aparición de una placa elevada y pilosa en la región dorsal superior de una paciente pediátrica, un patrón cutáneo que encaja dentro del espectro de los nevos melanocíticos congénitos, lesiones que corresponden a proliferaciones benignas de melanocitos presentes desde el nacimiento o que se manifiestan durante los primeros años de vida. Estas lesiones pueden presentar pigmentación variable, bordes definidos y superficies que van desde lisas hasta verrucosas, además de crecimiento proporcional con el desarrollo del niño, lo que suele orientar el diagnóstico clínico inicial.

Desde el punto de vista epidemiológico, se estima que los nevos congénitos están presentes en alrededor del 1 % de los recién nacidos, con tamaños que pueden clasificarse en pequeños, medianos o grandes, siendo estos últimos los que concentran mayor preocupación clínica por su potencial de transformación maligna. La presencia de vello sobre la lesión —como en este caso— no es inusual y, de hecho, puede observarse desde el nacimiento o aparecer posteriormente conforme la lesión madura.

Aunque la mayoría de estos nevos tienen comportamiento benigno, su relevancia radica en que pueden asociarse a melanoma cutáneo, especialmente cuando alcanzan tamaños grandes o gigantes. El riesgo global de malignización se considera bajo en términos generales —alrededor de 1 % a 2 %— pero puede elevarse hasta 10 % o más en lesiones extensas, lo que justifica seguimiento estrecho por dermatología pediátrica. Además, algunos pacientes pueden presentar melanosis neurocutánea u otras alteraciones del sistema nervioso central cuando existen nevos grandes o múltiples.

Clínicamente, los especialistas recomiendan vigilar cambios sugestivos de transformación maligna como aumento rápido de tamaño, variación del color, aparición de nódulos, prurito, ulceración o sangrado, signos que deben activar evaluación inmediata. En la práctica, el seguimiento incluye control dermatológico periódico y educación a cuidadores para identificar criterios ABCDE —asimetría, bordes irregulares, cambios de color, diámetro y evolución— que orientan sospecha de melanoma.

En términos de manejo, las decisiones terapéuticas siguen siendo individualizadas. Las lesiones pequeñas o medianas suelen mantenerse en observación clínica con registro fotográfico debido a su bajo riesgo, mientras que los nevos grandes pueden requerir resección parcial o total cuando es factible, particularmente si presentan cambios morfológicos. A nivel fisiopatológico, estas lesiones se originan por alteraciones genéticas tempranas —frecuentemente en vías como NRAS o BRAF— que inducen proliferación localizada de melanocitos durante el desarrollo fetal.

El caso resalta la importancia de reconocer que una placa pilosa congénita en la infancia no es solo un hallazgo estético, sino una entidad dermatológica con implicaciones oncológicas y neurológicas potenciales. La detección temprana, el seguimiento especializado y la educación familiar continúan siendo pilares clave para reducir complicaciones y anticipar cualquier signo de transformación maligna.

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