Durante siete años, un hombre de poco más de 60 años perdió fuerza hasta quedar prácticamente postrado, sin saber que tenía fracturas bilaterales del cuello femoral y 11 costillas rotas. El responsable no era la neuropatía ni la enfermedad de Lyme como le habían dicho, sino un diminuto tumor de 15 x 9 mm incrustado en su fémur izquierdo.
El caso, publicado por especialistas de la Harvard Medical School y el Massachusetts General Hospital en BMJ Case Reports, revela cómo un tumor mesenquimal fosfatúrico estuvo “robándole” fosfato al organismo durante años, debilitando silenciosamente cada hueso.
El paciente recibió inmunoglobulina intravenosa y antibióticos sin mejoría. La pandemia tampoco ayudó: durante tres años predominó la telemedicina y nadie logró dimensionar el deterioro progresivo. Cuando finalmente acudió por dolor torácico, las imágenes revelaron el desastre óseo acumulado.
Los laboratorios mostraron hipofosfatemia severa, vitamina D activa baja y niveles elevados de FGF23, la hormona responsable de aumentar la pérdida renal de fosfato. Esa combinación clásica apuntó a osteomalacia inducida por tumor, una condición rara que puede pasar inadvertida porque el fósforo sérico no siempre se mide de rutina.
La PET/CT con cobre-64 DOTATATE detectó captación en el cuello femoral izquierdo. El muestreo venoso confirmó que allí estaba la fuente de FGF23. Tras la resección del tumor y artroplastia total de cadera, los niveles bioquímicos se normalizaron en una semana.
El giro fue dramático: al mes pudo volver a ponerse de pie; a los seis meses caminaba al supermercado por primera vez en cinco años; al año, recorría la cuadra con un bastón y menos dolor.
El caso deja una advertencia contundente, fracturas recurrentes, dolor óseo y debilidad progresiva con hipofosfatemia persistente no deben subestimarse. A veces, detrás de un “diagnóstico común”, puede esconderse un tumor diminuto capaz de desmantelar un esqueleto entero.
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