Malnutrición en adultos mayores: un problema silencioso que exige detección temprana

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La malnutrición en adultos mayores es un problema frecuente y subdiagnosticado que puede tener consecuencias graves en la salud y la calidad de vida.

La malnutrición en adultos mayores es un problema frecuente y subdiagnosticado que puede tener consecuencias graves en la salud y la calidad de vida. Se asocia con discapacidad física y cognitiva, mayor riesgo de complicaciones, estancias hospitalarias prolongadas y aumento de los costos sanitarios.

Aunque el término malnutrición incluye tanto la obesidad como las deficiencias nutricionales, en la práctica clínica suele utilizarse para referirse a la desnutrición proteico-energética, especialmente relevante en esta población.

Los datos epidemiológicos muestran que su prevalencia varía según el contexto: afecta aproximadamente al 3 % de los adultos mayores que viven en la comunidad, pero puede alcanzar hasta el 22 % en pacientes hospitalizados y cerca del 30 % en instituciones de larga estancia. Esto evidencia la necesidad de detectar de forma temprana a los pacientes en riesgo.

Factores que explican la desnutrición en la vejez

A diferencia de los adultos jóvenes, en quienes la desnutrición suele estar relacionada principalmente con enfermedades, en los adultos mayores predomina la disminución de la ingesta alimentaria, influida por múltiples factores.

Entre ellos destacan los cambios fisiológicos propios del envejecimiento, como la llamada “anorexia del envejecimiento”, caracterizada por una menor sensación de hambre y una saciedad más rápida. A esto se suman alteraciones del gusto y el olfato, que pueden reducir el interés por la comida.

También intervienen factores físicos, como problemas dentales, dificultad para masticar o tragar, y limitaciones de movilidad que dificultan actividades básicas como comprar o preparar alimentos.

En el ámbito cognitivo y emocional, el deterioro cognitivo, la demencia y la depresión pueden afectar significativamente la ingesta. Asimismo, enfermedades agudas o crónicas, junto con la polifarmacia, pueden disminuir el apetito o interferir con la absorción de nutrientes.

No menos importantes son los factores sociales y económicos. La soledad, el aislamiento, la pérdida de un ser querido o la falta de recursos pueden impactar directamente en los hábitos alimentarios, haciendo que la nutrición adecuada pase a un segundo plano.

Cribado, diagnóstico y abordaje clínico

Dado que la desnutrición puede desarrollarse de forma progresiva y pasar desapercibida, el cribado sistemático es una herramienta clave. Una de las más utilizadas es la Mini Evaluación Nutricional (MNA), que permite identificar rápidamente a los adultos mayores en riesgo mediante preguntas simples sobre ingesta, peso, movilidad y estado de salud.

Cuando se detecta riesgo, el diagnóstico se confirma mediante criterios clínicos como los propuestos por el modelo GLIM, que combina indicadores fenotípicos —como pérdida de peso o baja masa muscular— con factores etiológicos, como la disminución de la ingesta o la presencia de inflamación.

El abordaje debe ser integral y personalizado, ya que en la mayoría de los casos la desnutrición es el resultado de múltiples factores. Por ello, se recomienda una evaluación geriátrica completa, que permita identificar y tratar de forma simultánea las causas médicas, funcionales, psicológicas y sociales.

En cuanto al tratamiento, el objetivo principal es cubrir los requerimientos energéticos y proteicos, favoreciendo la función física, la independencia y la resistencia a enfermedades. En general, se recomienda una ingesta de aproximadamente 30 kcal/kg/día y al menos 1 g de proteína/kg/día, ajustando estos valores según las características de cada paciente.

Las intervenciones deben comenzar por optimizar la alimentación oral, adaptando la dieta a las preferencias y capacidades del paciente. Cuando esto no es suficiente, pueden utilizarse suplementos nutricionales orales, y en casos específicos, nutrición enteral o parenteral.

En definitiva, la malnutrición en adultos mayores no debe considerarse una consecuencia inevitable del envejecimiento. Su detección oportuna y un manejo adecuado pueden prevenir complicaciones, mejorar la calidad de vida y favorecer la autonomía, reforzando la importancia de un enfoque proactivo en la atención de esta población.

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