Un estudio publicado en Genome Biology analizó el ADN de 142 esqueletos recuperados en tres cementerios medievales de Suecia, datados entre los siglos X y XIV, con el objetivo de reconstruir las relaciones familiares entre personas sepultadas en una misma tumba.
Los investigadores encontraron que los entierros colectivos estaban conformados principalmente por un adulto y un niño, o por individuos del mismo sexo, como una mujer junto a una niña o un hombre junto a un niño. Sin embargo, el análisis genético mostró que, en la mayoría de los casos, no existía un parentesco biológico cercano entre ellos.
Este hallazgo desafía la idea de que las personas enterradas juntas correspondían necesariamente a padres e hijos o a otros familiares directos. En cambio, los resultados sugieren que las prácticas funerarias pudieron estar determinadas por factores religiosos, comunitarios o sociales, más que por los lazos de sangre.
Los autores plantean que algunos de estos entierros podrían corresponder a niños fallecidos antes del bautismo, quienes, de acuerdo con las normas cristianas de la época, no podían ser enterrados en terrenos consagrados. Compartir la tumba con un adulto bautizado habría permitido sortear estas restricciones religiosas.
Otra posible explicación es que algunos individuos fueran sepultados juntos debido a circunstancias estacionales. Durante los inviernos escandinavos, el suelo congelado dificultaba los entierros, por lo que varias personas fallecidas en ese periodo podrían haber sido inhumadas de manera conjunta cuando las condiciones lo permitían.
A pesar de estos resultados, el estudio también identificó linajes familiares que permanecieron en un mismo cementerio durante varias generaciones. Uno de los casos más destacados fue el de una mujer peregrina enterrada con una concha de vieira, símbolo del Camino de Santiago, cuyos padres, hermano e hijas también fueron identificados mediante ADN en el mismo cementerio, aunque en tumbas diferentes.
Los investigadores concluyen que la incorporación del ADN antiguo está transformando la comprensión de las prácticas funerarias medievales, al demostrar que los cementerios cristianos reflejaban no solo relaciones biológicas, sino también vínculos sociales, religiosos y comunitarios que hasta ahora permanecían ocultos.
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