Salud respiratoria tras un terremoto: entre partículas, escombros y vigilancia epidemiológica 

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La vigilancia de las condiciones ambientales y de posibles enfermedades respiratorias forma parte de la respuesta sanitaria después de un desastre.

Tras un terremoto de gran magnitud, la emergencia sanitaria no termina cuando disminuye el movimiento del suelo. La destrucción de edificios, la acumulación de escombros y la alteración de las condiciones de higiene y saneamiento pueden generar nuevos desafíos para la salud pública, entre ellos aquellos relacionados con la calidad del aire y la salud respiratoria.

Aunque la fuente consultada no establece una relación directa entre el sismo y un deterioro específico de la calidad del aire en las ciudades afectadas, sí advierte que, después de un desastre, las condiciones ambientales pueden favorecer un incremento de determinadas enfermedades y que es necesario mantener una vigilancia epidemiológica precoz, incluyendo el seguimiento de patologías respiratorias.

Durante las labores de rescate y limpieza, el movimiento de materiales puede generar polvo y partículas suspendidas. Dependiendo de los materiales presentes en las estructuras dañadas, estas partículas pueden irritar las vías respiratorias y representar una preocupación adicional para quienes permanecen cerca de las zonas de demolición, rescate o remoción de escombros. Este riesgo adquiere especial relevancia en personas con asma, enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) u otras enfermedades respiratorias, así como en niños, adultos mayores y personas con mayor vulnerabilidad.

Por eso, la recuperación de una zona afectada por un terremoto no debe limitarse a reconstruir edificios y restablecer servicios: también requiere considerar las condiciones ambientales en las que permanecerá la población.

La emergencia puede cambiar después de las primeras horas

Las primeras 72 horas concentran una intensa actividad de rescate y atención médica. Sin embargo, la respuesta sanitaria debe continuar posteriormente, ya que las necesidades de la población evolucionan con el paso de los días. La experta consultada destaca que, además de atender traumatismos, fracturas, hemorragias y lesiones por aplastamiento, es fundamental garantizar la continuidad de tratamientos esenciales para pacientes con enfermedades crónicas, incluyendo quienes dependen de oxigenoterapia.

Este punto resulta particularmente importante cuando una emergencia afecta hospitales, servicios de suministro y sistemas de atención. De hecho, la fuente señala que al menos una veintena de centros de salud y hospitales habían sufrido daños estructurales o quedado fuera de servicio en las zonas afectadas.

El impacto respiratorio de una catástrofe tampoco se limita a las partículas presentes en el ambiente. Las condiciones posteriores al desastre pueden favorecer problemas de salud cuando se combinan factores como desplazamiento de población, hacinamiento, deterioro de las condiciones higiénicas, saneamiento deficiente e interrupción del acceso al agua potable.

Ana María Aldea Reyes, portavoz del Grupo de Trabajo de Incidentes de Múltiples Víctimas y Desastres de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES), señala que un terremoto no provoca epidemias por sí mismo, pero que determinadas condiciones posteriores pueden facilitar la aparición de brotes.

Por ello, entre las medidas de salud pública se encuentra activar una vigilancia epidemiológica temprana que permita detectar incrementos inusuales de enfermedades, incluidas las patologías respiratorias.

¿Quiénes requieren mayor atención?

En escenarios de desastre, la vigilancia debe prestar especial atención a las personas que ya necesitan tratamiento respiratorio o que pueden presentar mayor vulnerabilidad ante cambios en las condiciones ambientales.

Los pacientes que dependen de oxigenoterapia, por ejemplo, requieren continuidad de su tratamiento incluso cuando la infraestructura sanitaria se encuentra comprometida. La fuente advierte que la descompensación de enfermedades crónicas constituye una de las principales causas de morbimortalidad después del impacto inicial del desastre.

Por esta razón, la respuesta sanitaria debe contemplar no solo el rescate de las personas atrapadas, sino también la protección de quienes permanecen en las zonas afectadas durante las labores de recuperación.

Después de un terremoto, retirar los escombros, garantizar agua segura, mantener condiciones adecuadas de higiene y controlar los residuos son medidas esenciales para reducir riesgos sanitarios. La fuente destaca precisamente la necesidad de garantizar saneamiento básico, higiene de manos, gestión adecuada de residuos y vigilancia epidemiológica.

En este contexto, la calidad del aire debe considerarse un componente más de la recuperación, especialmente en lugares donde continúan las labores de demolición, rescate y limpieza.

La emergencia, por tanto, no termina cuando cesan las réplicas: también implica vigilar las condiciones ambientales y detectar oportunamente nuevos problemas de salud que puedan aparecer entre la población. “La descompensación de estas patologías crónicas previas constituye una de las principales causas de morbimortalidad tras el impacto inicial del desastre”. Ana María Aldea Reyes, portavoz de SEMES.

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