Autora: Julia Michelle Santiago, creadora del movimiento JULIASTRONG, productora y conductora de JULIASTRONG THE PODCAST. Sobreviviente de cáncer colorrectal y presidenta de la Coalición, lidera iniciativas de concienciación, prevención y bienestar integral.
Pasaron apenas unos minutos después de que mi doctora me diera el diagnóstico cuando decidí que yo no me iba a morir de cáncer colorrectal.
Si bien ese momento en el que recibes la noticia parece derrumbar tu mundo, muy pronto mi mente se enfocó en el plan de acción para enfrentar la enfermedad.
Recuerdo sentir, en ese preciso instante, como si me hubiesen quitado de los hombros el peso de dos bloques de cemento. Fue entonces cuando entendí que había llegado la hora de enfocarme en mí y en mis deseos de vivir.
Estos fueron pensamientos que elegí casi incondicionalmente. Fue como si no hubiera habido otra opción.
Tal vez no lo comprendía en ese momento, pero estaba activando mi capacidad de resiliencia. Mi reacción más natural fue elegir pensamientos de lucha, de esperanza y de supervivencia.
Diálogo interno
Recuerdo que, durante los 18 días que permanecí hospitalizada, pasé muchas horas entre el dolor y la ansiedad. Sin embargo, también recuerdo regresar una y otra vez a un mismo diálogo interno. Buscaba mentalmente todas las alternativas posibles y, casi sin darme cuenta, cada pensamiento terminaba en el mismo lugar: «NO ME VOY A MORIR DE ESTO».
Me lo repetí incontables veces.
Hoy entiendo que, desde esos primeros días, comencé a cultivar pensamientos que fortalecían mi ánimo y que, de alguna manera, también animaban a mi cuerpo a seguir luchando.
Porque, aunque no siempre podemos controlar lo que sentimos, sí podemos elegir a qué pensamientos decidimos volver una y otra vez. Así de poderosa es nuestra mente.
Lo que comenzó como una decisión tomada en cuestión de minutos dejó de ser un pensamiento pasajero para convertirse en un hábito.
Durante los meses de tratamiento, e incluso después de terminar la quimioterapia, seguí regresando una y otra vez a pensamientos que me recordaban que todavía tenía razones para vivir, para agradecer y para seguir adelante. No porque todos los días fueran fáciles, sino porque entendí que mi mente también necesitaba acompañar a mi cuerpo en el proceso de sanar.
Con el tiempo, comprendí que sanar no dependía únicamente de los medicamentos o de los tratamientos. También dependía de las conversaciones que sostenía conmigo misma.
Desde entonces, procuro cuidar mis pensamientos con la misma intención con la que cuido mi cuerpo. Porque entendí que el cuerpo necesita alimento, pero la mente también.
Hoy, más de una década después, sigo eligiendo volver a pensamientos de esperanza, gratitud y propósito.
No porque la vida haya dejado de presentar desafíos, sino porque descubrí que la forma en que me hablo también forma parte de la manera en que me cuido.
Y hoy, esa conversación continúa.
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