La continuidad del tratamiento farmacológico constituye uno de los principales desafíos en el manejo de la esquizofrenia, una condición caracterizada por episodios psicóticos que pueden reaparecer cuando se interrumpe la terapia.
En este contexto, los antipsicóticos inyectables de acción prolongada representan una alternativa para determinados pacientes, al permitir mantener el tratamiento mediante administraciones espaciadas, sin depender de la toma diaria de medicamentos orales. La Dra. Lelis Nazario, catedrática del Recinto de Ciencias Médicas, directora del Programa de Psiquiatría de Niños y Adolescentes y del Programa Por Ti, explicó que “estas formulaciones pueden facilitar la continuidad terapéutica una vez establecida la respuesta clínica y determinada la dosis adecuada”.
De la administración diaria a formulaciones de hasta seis meses
Los antipsicóticos de acción prolongada permiten liberar gradualmente el medicamento durante un periodo determinado, según el principio activo y la formulación utilizada. La especialista señaló que “hay algunas formulaciones que duran hasta 3 meses y hasta 6 meses”. Esta característica resulta especialmente relevante para pacientes que experimentan dificultades para recordar las dosis diarias o mantener una rutina farmacológica constante.
No obstante, la elección de una formulación inyectable debe individualizarse, considerando la respuesta al medicamento, su tolerabilidad, las indicaciones específicas y las necesidades clínicas del paciente.
El tratamiento de la esquizofrenia ha evolucionado con el desarrollo de antipsicóticos que actúan sobre diferentes mecanismos de neurotransmisión. Históricamente, una de las principales estrategias farmacológicas ha sido la modulación de la actividad dopaminérgica, mediante medicamentos que actúan sobre receptores involucrados en los circuitos cerebrales relacionados con la psicosis.
La Dra. Nazario explicó que “los antipsicóticos de primera generación se asociaron con efectos adversos motores, incluidos movimientos involuntarios y otras alteraciones extrapiramidales”.
Posteriormente, se desarrollaron medicamentos con perfiles farmacológicos distintos, aunque algunas alternativas pueden producir aumento de peso, alteraciones metabólicas y mayor riesgo de diabetes. La especialista también destacó que “actualmente se investigan tratamientos dirigidos a otros mecanismos de neurotransmisión, reconociendo que la esquizofrenia involucra múltiples circuitos cerebrales y no exclusivamente la dopamina”.
Interrumpir el tratamiento puede favorecer nuevas recaídas
Uno de los problemas clínicos más importantes aparece cuando el paciente suspende la medicación después de experimentar una mejoría de los síntomas.
De acuerdo con la Dra. Nazario, las interrupciones pueden relacionarse con el olvido de dosis, la dificultad para obtener medicamentos o la presencia de efectos secundarios. Estas circunstancias pueden favorecer la reaparición de síntomas psicóticos, comprometer la estabilidad clínica y aumentar la necesidad de nuevas intervenciones. “Muchas veces los pacientes entienden que ya están bien y dejan de tomar los medicamentos”, explicó. La especialista advirtió que las recaídas repetidas pueden complicar la recuperación y modificar la respuesta a intervenciones posteriores.
Por ello, destacó la importancia de diseñar estrategias que faciliten la adherencia, permitan identificar barreras de acceso y reduzcan las interrupciones no supervisadas.
Aunque la farmacoterapia es un componente esencial, el abordaje de la esquizofrenia también requiere intervenciones psicológicas, rehabilitación cognitiva y acompañamiento psicosocial. La catedrática explicó que “algunas alteraciones cognitivas no responden completamente al tratamiento farmacológico, por lo que necesitan intervenciones complementarias”. En este escenario, los antipsicóticos de larga duración constituyen una herramienta terapéutica que puede facilitar el mantenimiento del tratamiento, pero no sustituyen el seguimiento psiquiátrico ni las demás estrategias de recuperación.
La continuidad terapéutica, la vigilancia de efectos adversos y la selección individualizada del tratamiento siguen siendo fundamentales para mantener la estabilidad clínica y reducir el riesgo de nuevos episodios psicóticos.









