Más de 300 especies de frutas y vegetales nativos y 150 variedades de raíces y tubérculos formaban parte de los sistemas alimentarios tradicionales de los pueblos aborígenes australianos. Este conocimiento, transmitido durante más de 60.000 años, despierta nuevamente el interés científico por su potencial para contribuir a una alimentación más diversa y sostenible.
Los pueblos aborígenes y los isleños del estrecho de Torres, conocidos en conjunto como pueblos de las Primeras Naciones de Australia (First Nations), comprenden más de 300 grupos con culturas, idiomas y tradiciones propias. Sus dietas variaban según la región y las estaciones, e incluían semillas, frutos, raíces, tubérculos, pescados, mariscos y carnes de animales silvestres. En general, se caracterizaban por un alto contenido de proteínas, fibra y carbohidratos de digestión lenta, así como por un menor consumo de azúcares añadidos, grasas refinadas y sal.
La preparación de los alimentos también era fundamental. Prácticas como moler semillas y someter ciertos frutos secos a procesos de remojo y lavado mejoraban su digestibilidad y reducían compuestos potencialmente tóxicos. Por ejemplo, el procesamiento tradicional de las semillas de cícadas disminuía la concentración de cicasina, una sustancia tóxica.
La composición nutricional de algunas especies nativas también ha despertado interés. El Kakadu plum destaca por su elevada concentración de vitamina C, mientras que el bush tomato y el finger lime presentan contenidos importantes de fibra frente a algunas frutas de consumo habitual. Otros alimentos, como el lemon aspen, el pigface y las semillas de acacia, contienen compuestos fenólicos, flavonoides y antioxidantes estudiados por su posible actividad antiinflamatoria. Sus valores nutricionales, sin embargo, varían según la especie y el procesamiento.
Otro campo de investigación es la relación entre estos alimentos y la microbiota intestinal. Algunas raíces, tubérculos y frutas, como el Davidson’s plum, contienen carbohidratos y taninos que pueden ser metabolizados por microorganismos intestinales y transformados en compuestos bioactivos. Estos metabolitos podrían influir en la composición microbiana y la inflamación intestinal, aunque se necesitan más estudios en humanos para confirmar sus efectos.
También se han investigado posibles beneficios metabólicos. Alimentos nativos como el ccheeky yam, las semillas de mulga y el black bean se han asociado con menores aumentos de glucosa después de comer frente a ciertos almidones occidentales, como la papa. Entre los mecanismos propuestos figuran el almidón resistente, la fibra y los compuestos fenólicos. Asimismo, un estudio pequeño encontró que la recuperación temporal de patrones alimentarios tradicionales se relacionó con pérdida de peso y mejoras en la tolerancia a la glucosa en adultos aborígenes. Estos resultados no permiten atribuir los cambios a un alimento específico ni demostrar una prevención duradera de la diabetes tipo 2.
La colonización europea transformó profundamente estos sistemas alimentarios. La pérdida de acceso a territorios tradicionales, las políticas de asimilación y la dependencia de alimentos suministrados por el Gobierno favorecieron el desplazamiento de productos nativos por cereales refinados, carnes grasas, azúcares añadidos y alimentos bajos en fibra y micronutrientes. Esta transición se relaciona con la carga actual de enfermedades crónicas, junto con factores como la pobreza, el racismo, las condiciones de vivienda y las dificultades para acceder a alimentos saludables y agua segura.
Las investigaciones recientes reflejan estos desafíos. Una encuesta en cinco comunidades remotas del Territorio del Norte encontró que el 71 % de 73 personas encuestadas consumía alimentos tradicionales al menos una vez por semana. Sin embargo, el 76 % había experimentado situaciones en las que se quedaba sin alimentos y no tenía dinero para comprar más. En otro estudio comunitario de 2022, con 242 adultos aborígenes de Walgett, ninguno cumplió las recomendaciones de consumo para todos los grupos alimentarios y solo el 3 % alcanzó la ingesta recomendada de vegetales. Además, el 56 % superaba el máximo recomendado de bebidas azucaradas. Estos resultados corresponden a comunidades específicas y no representan a toda la población indígena australiana.
Más allá de sus propiedades nutricionales, los alimentos tradicionales mantienen una relación estrecha con la identidad, la cultura y el territorio. Por ello, los investigadores destacan la importancia de proteger los conocimientos ancestrales, fortalecer la autonomía alimentaria y garantizar el acceso a alimentos saludables y agua segura. La recuperación de estos sistemas también podría contribuir a una producción más sostenible mediante especies nativas adaptadas al calor, la sequía y la salinidad, siempre con respeto a la gobernanza indígena y los vínculos culturales con sus territorios.
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