Un infarto o un accidente cerebrovascular pueden ser la primera manifestación visible de un proceso que comenzó muchos años antes. Por eso, la prevención cardiovascular busca identificar y modificar los factores de riesgo antes de que aparezcan los eventos clínicos, cuando todavía existe una oportunidad de cambiar el pronóstico.
La Dra. Katherine Soto, cardióloga, explicó que la evaluación de los lípidos forma parte de una estrategia preventiva más amplia que permite identificar a las personas con mayor riesgo y establecer intervenciones de manera temprana.
La dislipidemia puede permanecer silenciosa

La dislipidemia es una alteración en la regulación de los lípidos del organismo. Aunque el colesterol LDL es uno de los componentes más conocidos del perfil lipídico, existen otras lipoproteínas que también pueden contribuir al desarrollo de enfermedad cardiovascular y que han adquirido mayor relevancia en la evaluación del riesgo.
«Lo que queremos hacer es prevención», destacó la especialista. “El perfil lipídico permite conocer el estado de los lípidos circulantes y contribuir a la identificación de pacientes que podrían desarrollar enfermedad cardiovascular antes de presentar síntomas”, explicó.
La evaluación puede comenzar desde etapas tempranas de la vida. Según explicó la especialista, se recomienda medir los lípidos desde la niñez y realizar evaluaciones más rutinarias durante la adultez, como parte de las estrategias de prevención y detección de factores de riesgo.
No es solo una cifra de colesterol
Determinar el riesgo cardiovascular requiere una mirada integral. La evaluación incorpora el perfil lipídico junto con otros elementos como la presión arterial, los niveles de glucosa, el peso, la obesidad central y otros factores individuales que pueden modificar el pronóstico.
En pacientes sin enfermedad cardiovascular establecida, la estratificación del riesgo permite estimar la probabilidad de desarrollar eventos en distintos horizontes de tiempo y definir qué personas pueden beneficiarse de intervenciones más intensivas.
Esta visión es especialmente relevante ante el concepto de síndrome cardiovascular-renal-metabólico, que reconoce la interacción entre condiciones como obesidad, alteraciones metabólicas, enfermedad renal y factores cardiovasculares. Estas condiciones no ocurren necesariamente de manera aislada y pueden potenciar el riesgo de aterosclerosis, insuficiencia cardíaca y otros eventos cardiovasculares.

La prevención comienza antes del daño
La atención primaria ocupa un lugar fundamental en este proceso. El médico que acompaña al paciente desde etapas tempranas puede identificar factores de riesgo, solicitar evaluaciones, promover cambios de estilo de vida y determinar cuándo es necesario intensificar el manejo o referir a un especialista.
Sin embargo, la prevención no depende únicamente de los medicamentos. «La nutrición y el ejercicio son fundamentales», afirmó la cardióloga, al destacar que ambos forman parte del tratamiento y la prevención cardiovascular, independientemente del nivel de lípidos del paciente.
El control del peso, una alimentación adecuada y la actividad física pueden contribuir al manejo de los factores metabólicos y complementar el tratamiento farmacológico cuando este sea necesario.
Según explicó la cardióloga “la estrategia debe comenzar mucho antes: identificar los factores de riesgo, evaluar el perfil metabólico, estimar el riesgo cardiovascular y actuar de manera individualizada”. La prevención cardiovascular no comienza después del primer evento. Comienza cuando todavía no hay síntomas y existe la oportunidad de intervenir para cambiar el futuro del paciente.









