El desarrollo de nuevas terapias para el trastorno por consumo de alcohol ha sido limitado durante décadas. En este escenario, un ensayo clínico controlado propone un cambio de paradigma al evaluar el uso de semaglutida semanal, un agonista del receptor GLP-1, en pacientes con obesidad y dependencia alcohólica.
El estudio, aleatorizado y doble ciego, evidenció que el tratamiento produjo una reducción significativa en los días de consumo excesivo de alcohol, superando los resultados observados con placebo. Este efecto se acompañó de mejoras consistentes en múltiples desenlaces clínicos relacionados con el patrón de consumo.
Entre los hallazgos más relevantes, se documentó una disminución en el consumo total de alcohol, el número de bebidas por día y el craving, junto con una reducción en los niveles de riesgo definidos por la OMS. Estos resultados refuerzan el potencial del fármaco como intervención terapéutica en el eje conductual de la adicción.
En paralelo, la intervención mostró efectos metabólicos robustos, incluyendo reducción de peso corporal, índice de masa corporal y circunferencia abdominal, lo que evidencia una acción integrada sobre los sistemas energético y neuroconductual.
Desde el punto de vista fisiopatológico, los resultados respaldan la hipótesis de que los agonistas GLP-1 actúan sobre vías neurobiológicas compartidas entre el apetito y los circuitos de recompensa, modulando tanto la ingesta como las conductas adictivas. La asociación observada entre pérdida de peso y menor consumo de alcohol sugiere un mecanismo neuroendocrino interconectado.
En términos de seguridad, los eventos adversos fueron principalmente gastrointestinales, transitorios y de intensidad leve a moderada, consistentes con el perfil previamente descrito para esta clase terapéutica.
Los autores destacan que, aunque los hallazgos posicionan a la semaglutida como un potencial blanco terapéutico innovador en adicciones, aún se requieren estudios a largo plazo y en poblaciones más diversas para confirmar su aplicabilidad clínica.
Este enfoque se alinea con la evolución hacia modelos de atención más integrales, donde la intervención farmacológica puede impactar simultáneamente trastornos metabólicos y neuropsiquiátricos, ampliando el alcance terapéutico en salud pública.
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