Las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la principal causa de morbilidad y mortalidad en personas con diabetes tipo 1 (DM1), incluso en un contexto de mejor control glucémico y uso extendido de terapias como estatinas o inhibidores del sistema renina-angiotensina.
Este riesgo se intensifica en quienes presentan enfermedad renal crónica (ERC), consolidando la necesidad de estrategias terapéuticas adicionales más allá del control metabólico tradicional.
En este escenario, los inhibidores del cotransportador sodio-glucosa tipo 2 (SGLT2i) han emergido como una clase terapéutica con efectos cardiorrenales protectores, ampliamente demostrados en diabetes tipo 2. Su mecanismo va más allá de la glucemia: incluyen la reducción de la presión intraglomerular, la modulación de procesos inflamatorios y metabólicos, y efectos hemodinámicos que impactan positivamente en el sistema cardiovascular.
Aunque su uso en DM1 aún no cuenta con ensayos clínicos definitivos, análisis recientes basados en los estudios inTandem1–3 con sotagliflozina muestran reducciones modestas pero consistentes en el riesgo cardiovascular estimado.
Estos beneficios se relacionan principalmente con mejoras en variables como hemoglobina A1c, presión arterial y albuminuria, sugiriendo un impacto clínico relevante, especialmente cuando se evalúa el riesgo a largo plazo.
Un hallazgo clave es que el beneficio no es uniforme: los pacientes con mayor riesgo cardiovascular basal o en categorías altas según criterios KDIGO presentan reducciones absolutas más significativas. Esto refuerza la importancia de la estratificación de riesgo para identificar a los pacientes que podrían obtener mayor provecho terapéutico, optimizando así la relación beneficio-riesgo.
Sin embargo, el uso de SGLT2i en DM1 no está exento de desafíos. El aumento en el riesgo de cetoacidosis diabética (CAD) sigue siendo una preocupación relevante, lo que obliga a implementar estrategias de mitigación y selección cuidadosa de pacientes.
En conjunto, la evidencia actual apunta a que estos fármacos podrían tener un rol prometedor en subgrupos específicos, aunque se requieren ensayos clínicos robustos para definir su lugar en la práctica clínica.
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