Durante años, la actividad física fue abordada principalmente desde su relación con el peso corporal y la salud cardiovascular. Sin embargo, una revisión internacional propone ampliar esa mirada y reconocerla como una intervención transversal con efectos sobre múltiples sistemas biológicos y sociales.
El análisis, basado en datos de 68 países, demuestra que el ejercicio regular no solo reduce riesgo cardiometabólico, sino que también fortalece la respuesta inmune, mejora salud mental y disminuye la incidencia de varios tipos de cáncer. Su impacto excede el ámbito preventivo y se posiciona como herramienta terapéutica integral.
En el plano inmunológico, la práctica moderada a vigorosa favorece vigilancia inmune, reduce inflamación sistémica y mejora la capacidad del organismo para responder ante infecciones. Durante la pandemia de COVID-19, las personas físicamente activas registraron menores tasas de hospitalización, enfermedad grave y mortalidad.
La revisión también confirma beneficios relevantes en salud mental. Incluso niveles moderados de actividad física se asociaron con una reducción significativa en síntomas depresivos, mientras que cumplir recomendaciones internacionales incrementó el efecto protector. El movimiento se consolida como modulador del bienestar psicológico y emocional.
En oncología, la evidencia relaciona la actividad física con una reducción de entre 10% y 20% en el riesgo de cánceres como mama, colon y endometrio. Además, en pacientes diagnosticados, mantenerse activos tras el tratamiento se vinculó con menor mortalidad. El ejercicio ya no se entiende solo como prevención, sino como parte del abordaje clínico continuo.
Los autores subrayan que el acceso desigual a espacios, tiempo y condiciones para ejercitarse refleja un problema estructural de salud pública. Por ello, plantean que promover actividad física debe asumirse como un derecho social y una estrategia sanitaria colectiva, no únicamente como recomendación individual.
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