En el paciente con cáncer, el estado nutricional deja de ser un factor secundario para convertirse en un determinante pronóstico crítico. Lejos de limitarse a la pérdida de peso, la malnutrición impacta la tolerancia terapéutica, la respuesta clínica y la supervivencia.
“El estado nutricional va a tener repercusión en todo el tratamiento del paciente con cáncer”, explica el Lcdo. Ian Vázquez, nutricionista y dietista registrado, subrayando que su evaluación temprana debe ser parte integral del abordaje oncológico.
Se estima que hasta el 80 % de los pacientes oncológicos presentan algún grado de malnutrición, predominantemente desnutrición, y un dato aún más contundente: “alrededor del 20 % de estos pacientes pueden fallecer por causas relacionadas a la malnutrición y no directamente por el cáncer”, advierte el especialista. Este escenario posiciona la intervención nutricional como una estrategia terapéutica esencial, no complementaria.
De la fisiopatología al deterioro clínico
La malnutrición en oncología responde a una interacción compleja entre la enfermedad, el tratamiento y la respuesta metabólica del paciente. “Factores como la falta de apetito, alteraciones del gusto como la disgeusia, y los efectos de tratamientos como quimioterapia, radioterapia o cirugía afectan directamente la ingesta y el estado nutricional”, detalla el licenciado.
Además, intervenciones quirúrgicas que modifican la anatomía gastrointestinal, así como síntomas como náuseas, vómitos o mala absorción, contribuyen a un déficit calórico-proteico sostenido. Este deterioro no solo compromete la masa muscular, sino que incrementa el riesgo de complicaciones, infecciones y hospitalizaciones prolongadas.
Intervención temprana y estrategias de soporte
El momento de intervenir marca la diferencia. “Es bien importante intervenir de manera temprana para evitar que el paciente llegue a escenarios más complejos como hospitalizaciones o disfunciones mayores”, enfatiza el nutricionista. La identificación precoz de signos como pérdida de peso no intencionada permite implementar planes médico-nutricionales individualizados antes de que el deterioro sea crítico.
En cuanto al manejo, el abordaje es escalonado. “Cuando la ingesta habitual no cubre los requerimientos, se puede comenzar con suplementación oral; en casos más complejos, se consideran alternativas como nutrición enteral o parenteral”, explica el licenciado. La elección dependerá de la funcionalidad del tracto gastrointestinal, la severidad clínica y la capacidad de ingesta del paciente.
Un aspecto clave es la individualización del tratamiento nutricional. “Las metas calóricas y proteicas deben ajustarse según el tipo de cáncer, la etapa de la enfermedad y la condición general del paciente”, añade el especialista, destacando que no existe un enfoque único en nutrición oncológica.
Un pilar dentro del enfoque multidisciplinario
El impacto de la intervención nutricional va más allá de los parámetros clínicos. “Un paciente con un estado nutricional adecuado tolera mejor el tratamiento, tiene menos hospitalizaciones y mejores resultados al final”, señala el nutricionista y dietista.
En este contexto, la nutrición debe integrarse desde el inicio como parte del equipo multidisciplinario oncológico. “Mientras más temprano se incluya al profesional en nutrición, más opciones terapéuticas existen y mejores serán los desenlaces”, concluye el Lcdo. Ian Vázquez.
En oncología moderna, ignorar la nutrición no es una omisión menor: es comprometer directamente la evolución del paciente.









