Más de 120 años después de una teoría que vinculó el agua de mar con el plasma sanguíneo, la evidencia científica sigue sin demostrar de manera convincente sus supuestos beneficios terapéuticos. Además, su consumo puede representar riesgos por el exceso de sodio, la contaminación microbiológica y la presencia de microplásticos.
La promoción del agua de mar como una alternativa para mejorar la salud ha mantenido vigente una discusión que combina hipótesis históricas, terapias alternativas y afirmaciones sobre sus propiedades medicinales. Sin embargo, desde la perspectiva de la medicina basada en evidencia, las promesas sobre sus efectos en el organismo no cuentan con suficiente respaldo científico para recomendar su consumo con fines terapéuticos.
El tema fue abordado por el Dr. Ariel Kraselnik, médico cardiólogo, investigador y divulgador en salud y nutrición, en un artículo publicado por IntraMed, donde examina los fundamentos de esta práctica y advierte sobre los riesgos asociados a la ingesta de agua de mar.
Una teoría centenaria que no ha logrado respaldo científico
El origen de estas afirmaciones se remonta a 1904, cuando el biólogo René Quinton propuso que el plasma sanguíneo guardaba una relación composicional con el agua de mar. A partir de esa idea, planteó que el agua marina diluida podría funcionar como una especie de “suero marino” capaz de contribuir al equilibrio del organismo.
Esta hipótesis, conocida como la teoría del plasma de Quinton, se utilizó para justificar posibles aplicaciones terapéuticas en diferentes enfermedades. No obstante, según el análisis de Kraselnik, la propuesta original no se sustentó en publicaciones científicas formales que permitieran validar sus postulados ante la comunidad científica.
Más de un siglo después, la hipótesis continúa sin contar con evidencia suficiente que confirme sus supuestos beneficios en seres humanos.
Uno de los principales argumentos utilizados para promover el consumo de agua de mar es su contenido de minerales y elementos químicos. Sin embargo, la presencia de estos componentes no significa que el organismo pueda aprovecharlos de la manera que sugieren sus promotores.
El agua marina contiene concentraciones elevadas de sodio y cloro, además de otros minerales cuyas proporciones difieren de las que se encuentran en el plasma sanguíneo. Por tanto, establecer una equivalencia entre ambos líquidos a partir de su origen evolutivo o de la presencia de elementos comunes no constituye una demostración de eficacia terapéutica.
El especialista también señala que el cuerpo dispone de mecanismos fisiológicos complejos para mantener el equilibrio de agua y electrolitos. En este proceso, los riñones desempeñan un papel fundamental al regular las concentraciones de líquidos y minerales, sin que sea necesario incorporar cantidades adicionales de sodio mediante el consumo de agua de mar.
¿Qué dice la evidencia sobre sus supuestos beneficios?
La investigación disponible en seres humanos es limitada. De acuerdo con el artículo, los estudios existentes incluyen muestras pequeñas, poblaciones seleccionadas y evidencia de calidad baja o muy baja.
Aunque algunos experimentos en animales han identificado efectos favorables sobre determinadas variables, estos resultados no son suficientes para establecer que beber agua de mar sea una intervención eficaz y segura en personas.
Esta diferencia entre los resultados preliminares y las afirmaciones comerciales es uno de los aspectos centrales de la discusión. La existencia de una hipótesis o de resultados experimentales no equivale a demostrar un beneficio clínico.
Para recomendar una intervención en salud, es necesario contar con investigaciones rigurosas que permitan determinar sus efectos, identificar posibles daños y establecer en qué circunstancias podría ser útil. En el caso del agua de mar, la evidencia descrita no permite respaldar las promesas terapéuticas que circulan sobre su consumo.
Los riesgos de beber agua de mar
Más allá de la falta de evidencia concluyente sobre sus beneficios, la ingesta de agua de mar puede exponer a las personas a diferentes riesgos.
1. Exceso de sodio y posibles complicaciones
El agua marina contiene cantidades elevadas de sodio. Si se consume en exceso o se diluye de manera inadecuada, puede favorecer una ingesta excesiva de este mineral, lo que representa una preocupación para la salud cardiovascular y renal. El consumo elevado de sodio se relaciona con la hipertensión arterial y puede agravar problemas de salud preexistentes.
2. Riesgo de contaminación microbiológica
El agua de mar que no recibe un tratamiento adecuado puede contener microorganismos capaces de provocar infecciones. El riesgo adquiere especial relevancia cuando se comercializa sin controles sanitarios, registros o certificaciones que permitan verificar su procedencia y calidad.
Por esta razón, el hecho de que un producto se presente como natural o se comercialice con fines terapéuticos no garantiza que sea seguro para el consumo humano.
3. Presencia de microplásticos
El agua marina también puede contener microplásticos, partículas cuya presencia en el ambiente está ampliamente documentada. Aunque todavía existen interrogantes sobre la magnitud de sus efectos a largo plazo en la salud humana, su presencia constituye otro elemento que debe considerarse al evaluar la seguridad de ingerir agua de mar.
La conclusión del análisis del Dr. Ariel Kraselnik es clara: la teoría histórica que relaciona el agua de mar con el plasma sanguíneo no ha logrado demostrar de manera convincente sus supuestos efectos terapéuticos en humanos. Mientras persistan estas limitaciones, su consumo no debe considerarse una estrategia de tratamiento respaldada por evidencia científica.









