En la unidad de trasplante de médula ósea del Hospital Auxilio Mutuo, donde cada año se atienden pacientes sometidos a complejos trasplantes hematológicos, el rol de enfermería se ha convertido en un pilar vital para la seguridad, recuperación y estabilidad emocional de quienes enfrentan uno de los procesos médicos más retadores de sus vidas.
José Barbosa, enfermero oncólogo con alrededor de 10 años de experiencia en trasplante de médula ósea, explica que el momento más delicado ocurre durante la aplasia medular, una fase en la que el sistema inmunológico del paciente se desploma.
“El momento más crítico suele ser el periodo de aplasia medular, que es cuando el paciente presenta sus defensas muy bajas. Se encuentra vulnerable a infecciones, sangrados y complicaciones”, describió.
Pero no solo el cuerpo se afecta. La mente también enfrenta una batalla propia. “El aspecto emocional es sumamente importante, ya que el paciente presenta ansiedad por este aislamiento y por lo desconocido. Por lo general es la primera vez que se enfrentan a un trasplante y viene acompañado de mucho miedo e inseguridad”, aseguró Barbosa.
Educación continua: la herramienta que salva vidas
Para Barbosa, la enfermería no se limita a ejecutar procedimientos; implica acompañar, enseñar y anticipar complicaciones. “Somos educadores continuos… hay que reforzar mucho esa educación, ese seguimiento a medicamentos y observar las infecciones”, puntualizó.
El equipo utiliza folletos educativos, orientaciones constantes y una educadora en salud que apoya durante la hospitalización.
El enfoque es integral: nutrición, seguridad física, educación, adherencia a medicamentos y apoyo emocional. “Es un manejo holístico: la nutrición tiene que ver, la educación tiene que ver, y está el soporte emocional de los familiares, pero también el personal de enfermería y médico”, explicó.
Además, la recuperación puede extenderse varios años. “El trasplante no se queda ahí; eso sigue aproximadamente tres, cuatro, cinco, seis años… el paciente continúa con nosotros”, afirmó Barbosa. El seguimiento incluye consultas, estrategias de autocuidado y apoyo para el retorno progresivo a la vida cotidiana.
La observación constante permite identificar efectos secundarios tempranos como náuseas, mucositis, fatiga o inmunosupresión. “Reconocer temprano una sintomatología evita complicaciones severas. Por eso el contacto 24/7 durante los tres turnos de enfermería es fundamental”, indicó.
Nuevas terapias, nuevos retos
Barbosa también destacó que el avance de las terapias dirigidas e inmunológicas ha traído beneficios significativos. “Las terapias dirigidas e inmunológicas han mejorado notablemente la supervivencia comparadas con los tratamientos tradicionales”, explicó.
Aún así, subrayó que la evolución del tratamiento también ha traído mayor complejidad.
“Con el tiempo el tratamiento es más severo y los efectos secundarios más fuertes, pero estos nuevos enfoques han creado nuevos esquemas terapéuticos”, añadió.
El trabajo emocional también es profundo. Convivir con los pacientes durante todo el proceso permite un vínculo único. “Somos testigos de su recuperación; vemos al paciente desde que se detecta la enfermedad y pasamos con él todas las etapas”, expresó.









