El descenso de las tasas de natalidad y fertilidad no responde únicamente a decisiones individuales. Factores sociales, económicos y ambientales también podrían estar relacionados con los cambios en la salud reproductiva y con el envejecimiento de la población mundial.
Un estudio reciente, liderado por la Dra. Yuanyuan Du, de la Chongqing Medical University, en China, encontró que la prevalencia de infertilidad entre mujeres de 35 a 49 años aumentó aproximadamente 15 % entre 1990 y 2021, según los datos citados en el análisis de Medscape.
El fenómeno ha comenzado a adquirir relevancia no solo desde la perspectiva médica, sino también desde el ámbito social y económico, debido a sus posibles repercusiones sobre la estructura de las poblaciones, los sistemas de seguridad social y la participación laboral.
La infertilidad también tiene una dimensión social
El envejecimiento poblacional ha convertido la infertilidad en personas de edad reproductiva avanzada en un desafío de salud pública. De acuerdo con especialistas citados en el análisis, las dificultades relacionadas con la fertilidad pueden tener consecuencias que van más allá de la posibilidad de lograr un embarazo.
Entre ellas se encuentran posibles efectos sobre la participación de las mujeres en el mercado laboral, sus trayectorias profesionales y sus ingresos a lo largo de la vida.
La economista Claudia Goldin, ganadora del Premio Nobel de Economía en 2023, ha documentado cómo la llegada del primer hijo puede marcar un punto de inflexión en las diferencias salariales y laborales entre hombres y mujeres.
Así, el debate sobre la fertilidad también pone sobre la mesa las condiciones sociales en las que las personas toman decisiones reproductivas y enfrentan la maternidad.
¿Qué papel podría tener el cambio climático?
La investigación científica también ha comenzado a prestar mayor atención a la relación entre cambio climático, contaminación y salud reproductiva.
Los cambios en las temperaturas, la contaminación atmosférica, los fenómenos meteorológicos extremos y determinados contaminantes ambientales podrían afectar diferentes procesos relacionados con la reproducción femenina.
Entre los mecanismos estudiados se encuentran posibles alteraciones del ciclo menstrual, la maduración folicular, la calidad de los óvulos y el desarrollo embrionario.
Además, el impacto no necesariamente sería directo. Los incendios forestales, por ejemplo, pueden aumentar la exposición al material particulado, mientras que los desastres naturales pueden dificultar el acceso a alimentos, agua potable y servicios de salud.
Estos efectos podrían ser especialmente relevantes para poblaciones que ya enfrentan desigualdades sociales y económicas. Entre los contaminantes que despiertan mayor interés científico se encuentran los microplásticos y nanoplásticos, los metales pesados, los disruptores endocrinos y los contaminantes atmosféricos.
Los microplásticos ya se encuentran ampliamente distribuidos en el ambiente y pueden ingresar al organismo mediante los alimentos, la inhalación y el contacto con la piel. Investigaciones también han identificado estas partículas en diferentes tejidos y fluidos humanos, incluido el líquido folicular, lo que ha generado interés por sus posibles efectos sobre la función ovárica.
Los metales pesados, como el cadmio, también pueden afectar procesos celulares mediante mecanismos como el estrés oxidativo y el daño del ADN.
Por otra parte, sustancias como bisfenoles, ftalatos, parabenos, PFAS y determinados pesticidas son estudiadas por su capacidad de interferir con el sistema endocrino y potencialmente afectar procesos como la función ovárica, la implantación y la regulación hormonal.
La contaminación del aire también entra en la conversación
La calidad del aire representa otro factor de interés. La exposición a contaminantes atmosféricos se ha relacionado en distintos estudios con cambios en parámetros reproductivos.
Un metanálisis citado en el análisis encontró asociaciones entre una mayor exposición a contaminación atmosférica y menor calidad embrionaria, menor probabilidad de concepción por ciclo menstrual y menores probabilidades de implantación.
Sin embargo, estos hallazgos deben interpretarse dentro de las limitaciones de la evidencia disponible. Una asociación observada en estudios poblacionales no necesariamente demuestra que un contaminante específico sea la causa directa de un problema de fertilidad.
Además de disminuir la exposición a contaminantes, la investigación ha explorado si determinados nutrientes podrían ayudar a proteger la salud reproductiva.
Algunos análisis han planteado que nutrientes como el ácido fólico, la vitamina D y ciertos antioxidantes podrían atenuar parcialmente algunos efectos adversos asociados con determinadas exposiciones ambientales. También se ha estudiado el papel de los ácidos grasos omega-3, especialmente por su relación con procesos vinculados al estrés oxidativo y la calidad ovocitaria.
No obstante, estos hallazgos no significan que los suplementos puedan prevenir por sí solos la infertilidad ni compensar una exposición ambiental perjudicial. Su utilización debe individualizarse y formar parte de una valoración médica y nutricional adecuada. El análisis plantea una perspectiva cada vez más relevante: la salud reproductiva no depende exclusivamente de factores biológicos individuales.
Ambiente, condiciones laborales, desigualdades sociales, contaminación, cambio climático y acceso a servicios de salud pueden formar parte de un escenario mucho más amplio.
Por eso, además del asesoramiento individual, los especialistas también pueden tener un papel en la promoción de medidas de salud pública destinadas a reducir la exposición a sustancias potencialmente tóxicas y proteger los entornos en los que las personas viven y trabajan.
La fertilidad, en ese sentido, se convierte en una ventana para observar cómo los cambios ambientales y sociales pueden terminar teniendo consecuencias sobre la salud de las generaciones presentes y futuras.









