Durante años, la atención de las enfermedades cardiovasculares y de la diabetes se centró en tratar cada condición por separado. Sin embargo, los avances científicos han demostrado que muchas de estas patologías tienen un punto de partida común, la obesidad.
Para la Dra. Paola Mansilla, endocrinóloga y fundadora de la Sociedad de Obesidad y Síndromes Asociados, comprender esta relación ha cambiado la forma en que los especialistas abordan la salud cardiometabólica, al reconocer que el exceso de tejido adiposo desencadena procesos inflamatorios que afectan a distintos órganos del cuerpo.
La especialista explicó que la obesidad no consiste únicamente en acumular grasa corporal. El tejido adiposo, especialmente la grasa visceral, funciona como un órgano activo que libera sustancias inflamatorias capaces de alterar el funcionamiento de diferentes sistemas.
Esta inflamación sostenida favorece el desarrollo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, hígado graso, enfermedad renal e incluso puede afectar otros procesos metabólicos. «Nos hemos dado cuenta de que esta condición puede envolver prácticamente a cualquier especialidad. La inflamación causada por el tejido adiposo afecta el corazón, el páncreas, el riñón, el hígado y muchos otros órganos».
La grasa visceral impulsa la inflamación y el riesgo cardiovascular
Uno de los principales factores que preocupa a los especialistas es la acumulación de grasa visceral, ya que favorece el desarrollo de resistencia a la insulina.
La Dra. Mansilla explicó que, cuando aumenta la grasa abdominal, disminuye la producción de adiponectina, una sustancia que ayuda a proteger al organismo frente a la resistencia a la insulina y al desarrollo de enfermedades cardiovasculares. Como consecuencia, el organismo entra en un estado de inflamación crónica, que termina dañando progresivamente distintos órganos. «Mientras más grasa visceral tenemos, menos funciona la adiponectina y ahí es donde empiezan los problemas».
La endocrinóloga señaló que la inflamación asociada a la obesidad no permanece localizada únicamente en el tejido graso. Cuando existe resistencia a la insulina, los niveles elevados de glucosa también contribuyen a mantener ese proceso inflamatorio, favoreciendo el deterioro del corazón, el páncreas, el riñón, el hígado y otros órganos.
Este mecanismo explica por qué la obesidad está presente en un gran número de pacientes con enfermedades cardiometabólicas y por qué hoy se considera una condición transversal para múltiples especialidades médicas.
Tratar la causa, no solo las consecuencias
La Dra. Mansilla destacó que el enfoque actual busca intervenir desde la raíz del problema.
En lugar de limitarse a controlar la diabetes o las enfermedades cardiovasculares cuando ya están presentes, los especialistas trabajan cada vez más en el tratamiento temprano de la obesidad, con el objetivo de reducir la inflamación y prevenir complicaciones futuras.
Este abordaje integra la participación de distintas especialidades, entre ellas la endocrinología, la cardiología, la nutrición y otros profesionales de la salud, para ofrecer una atención más completa al paciente.
Para la especialista, reconocer la obesidad como una enfermedad crónica permite comprender que su tratamiento va mucho más allá de la pérdida de peso. Identificar la presencia de grasa visceral, controlar la inflamación y disminuir el riesgo de complicaciones cardiometabólicas son hoy algunos de los principales objetivos del manejo clínico.
«La obesidad puede envolver prácticamente cualquier especialidad porque afecta múltiples órganos. Mientras antes se trate, mayores serán las oportunidades de prevenir enfermedades futuras».









