Los virus animales están presentes en la naturaleza y los seres humanos entran en contacto con ellos con frecuencia a través de la fauna silvestre, la agricultura, los animales domésticos o el medio ambiente. Sin embargo, la mayoría nunca llega a convertirse en una pandemia, ya que deben superar una serie de complejos obstáculos biológicos, ecológicos y evolutivos antes de propagarse entre personas.
El primer desafío para un virus es entrar en las células humanas. Para lograrlo, necesita reconocer receptores específicos presentes en el organismo. Muchos virus animales no pueden hacerlo de forma eficiente, por lo que su capacidad para infectar a las personas es muy limitada.
Además, incluso cuando consiguen ingresar al cuerpo, deben evadir el sistema inmunológico, replicarse correctamente y completar todo su ciclo de reproducción. En la mayoría de los casos, fallan en alguno de estos pasos, lo que provoca infecciones aisladas que no continúan transmitiéndose entre humanos.
El entorno también determina el riesgo
La posibilidad de que un virus se propague depende también de factores ambientales y del comportamiento humano.
Algunos virus requieren contacto directo con animales infectados, picaduras de insectos o alimentos contaminados, lo que reduce considerablemente las oportunidades de transmisión. En cambio, espacios como mercados de animales vivos, granjas con alta densidad de animales o grandes centros urbanos pueden aumentar el riesgo de que ocurran eventos de contagio.
Los virus, especialmente los de ARN, como los coronavirus o la influenza, mutan constantemente. Sin embargo, la mayoría de estas mutaciones no les permite adaptarse con éxito al ser humano.
En ocasiones pueden utilizar huéspedes intermedios, como algunos mamíferos domésticos o silvestres, para acumular cambios genéticos que faciliten el salto entre especies. Aun así, estos procesos exitosos siguen siendo excepcionales.
Los avances en vigilancia genómica, inteligencia artificial y secuenciación genética permiten identificar virus con potencial de riesgo antes de que provoquen brotes importantes. No obstante, los expertos advierten que estas herramientas aún no pueden predecir con certeza cuál será el próximo virus pandémico.
Por ello, la estrategia más efectiva continúa siendo el enfoque de «Una sola salud» (One Health), que busca reducir el contacto de riesgo entre humanos y animales, fortalecer la vigilancia epidemiológica y proteger los ecosistemas para disminuir las posibilidades de nuevas zoonosis.
La experiencia con la COVID-19 demostró que el desarrollo rápido de vacunas puede salvar millones de vidas. Sin embargo, los especialistas coinciden en que la mejor defensa frente a futuras pandemias es evitar que los virus logren dar el salto inicial a los seres humanos, mediante vigilancia constante, investigación científica y acciones coordinadas entre la salud humana, animal y ambiental.









