América Latina atraviesa un acelerado proceso de envejecimiento poblacional, un escenario que plantea nuevos desafíos para los sistemas de salud. Para 2050, las personas mayores de 60 años podrían representar cerca del 25 % de la población regional, según datos citados por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).
Ante esta transformación demográfica, la prevención adquiere un papel cada vez más relevante. La vacunación contra la influenza aparece como una de las estrategias que puede contribuir a proteger la salud, la autonomía y la calidad de vida de las personas mayores.
Envejecimiento e inmunidad, un desafío creciente
Con el paso de los años ocurre un proceso conocido como inmunosenescencia, caracterizado por el deterioro progresivo del sistema inmunológico. A esto se suma una mayor frecuencia de enfermedades crónicas y multimorbilidad, factores que pueden aumentar la vulnerabilidad frente a infecciones respiratorias.
En este contexto, especialistas en infectología, geriatría, epidemiología e inmunización de nueve países latinoamericanos participaron en el Influenza Summit LATAM, organizado por la Asociación Panamericana de Infectología (API) en Lima.
El encuentro permitió revisar la evidencia disponible y elaborar un consenso regional denominado “Llamado urgente a la acción por una longevidad saludable”, que propone fortalecer la protección de las personas mayores de 60 años y de quienes viven con enfermedades crónicas no transmisibles. “Las enfermedades crónicas aumentan el riesgo de influenza grave y, a su vez, la influenza acelera la progresión y descompensación de dichas enfermedades”.
Influenza: más que una enfermedad respiratoria
La influenza puede tener consecuencias que van más allá de los síntomas respiratorios. De acuerdo con el documento citado por IntraMed, cada año provoca entre tres y cinco millones de casos de enfermedad respiratoria grave en el mundo.
El impacto puede ser especialmente relevante en personas con enfermedades cardiovasculares, diabetes, enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) o enfermedad renal crónica.
El consenso señala que el riesgo de accidente cerebrovascular (ACV) puede aumentar hasta ocho veces durante los primeros tres días posteriores a una infección por influenza, mientras que el riesgo de infarto agudo de miocardio puede incrementarse hasta seis veces durante la semana siguiente.
Además de las complicaciones médicas, la enfermedad puede generar hospitalizaciones, pérdida de autonomía y mayores costos para los sistemas sanitarios. Frente a este panorama, los especialistas destacan el papel de las llamadas vacunas antigripales mejoradas, diseñadas para ofrecer una respuesta más adecuada en poblaciones de mayor riesgo.
Según la evidencia presentada en el consenso, estas vacunas, frente a las formulaciones estándar, pueden reducir en un 36 % el riesgo de eventos cardiovasculares mayores. Incluso entre quienes presentan un infarto agudo de miocardio, se asociaron con una reducción del 28 % en eventos cardiovasculares mayores y de la mortalidad por cualquier causa durante el año siguiente.
La evidencia también sugiere posibles beneficios neurológicos. El documento reporta una asociación entre la vacunación antigripal y una reducción relativa del 31 % en el riesgo de demencia y del 40 % en el riesgo de enfermedad de Alzheimer.
Un llamado a la acción regional
Los especialistas consideran que la respuesta al envejecimiento poblacional debe incluir políticas de prevención y vacunación adaptadas a las necesidades de los adultos mayores.
Entre sus recomendaciones se encuentran aumentar la concientización sobre el impacto multisistémico de la influenza, armonizar las indicaciones de vacunación para personas mayores en los países de la región y fortalecer las alianzas entre autoridades sanitarias, sociedades científicas, academia y equipos de salud. “Proteger la salud de las personas mayores implica también preservar su autonomía y calidad de vida.”
En una Latinoamérica donde cada vez hay más personas mayores y menos jóvenes disponibles para asumir labores de cuidado, la prevención de enfermedades y la vacunación adquieren una importancia estratégica. El desafío, plantean los expertos, es transformar la evidencia en políticas públicas que permitan un envejecimiento más saludable y con mayor autonomía.









