Autora: Yesenia Delgado Castillo – Psicóloga Social Comunitaria
Las personas tienden a juzgar conductas, emociones o formas de pensar que no encajan con lo que consideran “normal” o con aquello a lo que están acostumbradas. Lo que se sale de la “norma” puede ser visto como “débil”, “peligroso”, “problemático”, “violento” o “raro”.
Estos rótulos no son neutrales ni surgen en el vacío. Por el contrario, reflejan cómo interpretamos y respondemos a aquello que percibimos como “diferente” o que no se ajusta a nuestros modelos mentales. Es decir, a las ideas o “filtros” aprendidos desde la niñez, que a lo largo de la vida se refuerzan o se cuestionan.
Aunque sabemos que los fenómenos sociales son complejos, multifactoriales y multicausales, pensemos, por ejemplo, en una persona en situación de calle. Cabe preguntarnos: ¿evitamos mirarla o desviamos la mirada cuando está cerca? ¿Cruzamos la calle para no pasar a su lado? ¿Subimos el cristal del auto cuando la vemos en el semáforo? ¿Asumimos que está “así” porque quiere? ¿Dudamos de su capacidad para salir de esa situación? ¿Pensamos automáticamente que pide dinero para “mantener el vicio”? ¿Creemos que es peligrosa y que podría hacernos daño?
Las respuestas a estas preguntas van mucho más allá de una reacción individual y pueden aplicarse a diversas situaciones sociales. Además, reflejan la manera en que interpretamos lo que hemos aprendido y aquello que validamos, reproducimos y normalizamos socialmente.
¿Qué tiene que ver esta mirada con la salud mental?
Tiene que ver, por ejemplo, con el estigma: cuando la persona deja de ser concebida en su totalidad y pasa a ser reducida a una etiqueta, diagnóstico o condición. Esto excluye, limita y deshumaniza.
El estigma no solo se manifiesta en las acciones, sino también en el lenguaje. Las palabras tienen poder: pueden reforzar prejuicios, invisibilizar, discriminar, excluir y perpetuar ideas erróneas. A través del lenguaje, una persona puede quedar encasillada en su diagnóstico, como si este definiera todo lo que es. En ese proceso se olvida su historia, sus capacidades, sus talentos y sus virtudes; en definitiva, su dignidad.
Las consecuencias del estigma se manifiestan de diversas maneras. Según la literatura, a nivel personal, pueden internalizarse los mensajes estigmatizantes, y la persona puede comenzar a verse a sí misma desde el prejuicio, la vergüenza, la culpa o la inferioridad.
A nivel familiar, el hecho de estar vinculado a una persona con algún diagnóstico puede generar vergüenza y temor al juicio social.
A nivel institucional, el estigma puede reflejarse en políticas, intervenciones, prácticas y actitudes. De hecho, cuando proviene de los propios profesionales, puede limitar el acceso a los servicios, afectar la calidad de la atención o incidir en las oportunidades de recuperación.
Y a nivel público-comunitario, se manifiesta en rechazo, distancia social, discriminación y exclusión.
En definitiva, el estigma influye en cómo la persona se ve a sí misma, en cómo la familia vive esa experiencia, en cómo responden las instituciones y en cómo la sociedad trata a quienes enfrentan un diagnóstico de salud mental.
¿Qué podemos hacer?
Reflexionar, educar y actuar. El cambio empieza en la cotidianeidad.
Podemos preguntarnos:
- ¿De qué manera me comunico? ¿Utilizo palabras que refuerzan el estigma?
- ¿Las conversaciones que sostengo promueven el estigma?
- ¿Mis acciones promueven inclusión y respeto por la diversidad?
- ¿Cuestiono aquello que socialmente se ha normalizado o lo doy por sentado?
¿Analizo críticamente lo que he aprendido o simplemente lo reproduzco? - Como sociedad, ¿prevenimos o solo reaccionamos?
- ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo? ¿Trabajamos las causas o solo vemos los síntomas?
- Los medios de comunicación que consumo o comparto, ¿refuerzan estigmas hacia ciertas poblaciones?
- ¿Qué acciones —individuales y colectivas— puedo emprender para reducir el estigma y promover la dignidad?
Todos podemos aportar para construir una sociedad más justa y digna. Por lo tanto, todos tenemos una responsabilidad que asumir. El momento es ahora.









