Sobrevivir al cáncer: privilegio, gratitud y responsabilidad colectiva

original web (59)

Autora: Dra. Debora H. Silva, pediatra y sobreviviente de linfoma de Hodgkin. 

Junio es el Mes de la Concienciación sobre el Cáncer y, recientemente, conmemoramos el Día Mundial de los Sobrevivientes de Cáncer. Como sobreviviente de Linfoma de Hodgkin, quisiera aprovechar esta ocasión para reflexionar sobre un tema difícil, pero necesario: la manera en que percibimos a las personas que sobreviven al cáncer y las narrativas que construimos alrededor de esa experiencia.

Para muchas personas que formamos parte de la comunidad de sobrevivientes, la palabra “celebración” resulta compleja. La gratitud, sin duda, ocupa un lugar central en nuestras vidas. Celebrar, sin embargo, puede ser más difícil. Personalmente, me cuesta celebrar un resultado que reconozco como profundamente influenciado por factores que escapan al esfuerzo individual.

La supervivencia al cáncer no depende únicamente de la fortaleza, la disciplina o la actitud positiva de una persona. También está condicionada por factores biológicos, genéticos, sociales y económicos. Depende del tipo de cáncer, de la respuesta individual al tratamiento, del acceso oportuno a especialistas, estudios diagnósticos, medicamentos y procedimientos de calidad. Depende incluso del momento histórico en que nos toca vivir, de los avances científicos disponibles y de circunstancias familiares y sociales que muchas veces son producto del azar.

Todos los pacientes con cáncer que he conocido luchan con todas sus fuerzas. Algunos sobreviven y otros no. Esa realidad es ineludible y se convierte en una de las verdades más difíciles de aceptar cuando se recibe un diagnóstico de cáncer. Recuerdo explicarle a mi familia y amigos que, desde el momento del diagnóstico, existen dos posibilidades: la vida o la muerte. No sabemos cuál nos corresponde. Y esa incertidumbre es parte integral de la experiencia del paciente oncológico.

Soy cristiana y estoy convencida de que Jesucristo me acompañó en cada etapa del proceso y continúa acompañándome mientras enfrentó las secuelas y complicaciones que pueden persistir muchos años después del tratamiento. Sin embargo, no creo que haya sobrevivido porque lo mereciera más que otros. Todos los pacientes merecen vivir. Todos merecen la misma oportunidad.

Mi propia historia ilustra con claridad cómo los privilegios pueden influir en los resultados de salud.

Mi cáncer fue identificado tempranamente porque soy médico. Conozco mi cuerpo, reconocí que algo no estaba bien y persistí en la búsqueda de una explicación. Mi profesión constituyó mi primer privilegio.

La biopsia se realizó apenas 36 horas después de que encontrara el nódulo sospechoso. Mi padre, quien en paz descanse, era cirujano y tuvo acceso inmediato a una sala de operaciones. Él mismo realizó el procedimiento. Mi familia constituyó mi segundo privilegio.

El resultado de patología estuvo disponible en aproximadamente una semana. La consulta con el oncólogo ocurrió menos de 24 horas después de recibir el informe preliminar, gracias a que uno de nuestros mejores amigos era oncólogo y aceptó acompañarme durante el proceso. Los estudios de imagen y otras pruebas diagnósticas se realizaron de forma expedita por las mismas razones.

No tengo dudas de que la rapidez con la que obtuve el diagnóstico y comencé el tratamiento influyó favorablemente en mi pronóstico. Mi linfoma era una enfermedad para la cual existían tratamientos efectivos y altas tasas de supervivencia. Sin embargo, también conozco colegas médicos que tuvieron acceso similar a recursos y cuyo desenlace fue diferente. La biología del cáncer continúa recordándonos cuánto desconocemos todavía.

Por eso, además de celebrar los avances de la medicina, debemos reflexionar cuidadosamente sobre nuestras palabras cuando acompañamos a alguien que enfrenta esta enfermedad.

La fe, la esperanza y el apoyo emocional son fundamentales. Sin embargo, es importante recordar que el paciente vive en una realidad marcada por la incertidumbre. A menudo, las expresiones más sencillas son las que ofrecen el mayor consuelo:

  • “Estoy aquí para ti.”
  • “¿Qué necesitas?”
  • “¿Cómo puedo ayudarte?”
  • “Te acompaño en oración.”
  • “Un día a la vez; y a veces, una hora a la vez.”

Reconozco que las palabras de aliento surgen del amor y de las mejores intenciones. No obstante, para quien atraviesa un diagnóstico de cáncer, la vida parece detenerse. El futuro se vuelve incierto y muchas certezas desaparecen. En esos momentos, nuestro papel no debe ser imponer optimismo ni ofrecer explicaciones. Nuestro papel debe ser escuchar, acompañar y responder a las necesidades del paciente y su familia.

Hoy agradezco profundamente a Dios la oportunidad que tuve de ver crecer a mis hijos y de acompañarlos en su camino hacia la adultez. Esa fue la única petición que hice durante mi tratamiento. Me fue concedida, y por ello vivo agradecida. Al mismo tiempo, acepto que no soy más merecedora que quienes no tuvieron la misma oportunidad.

Esta reflexión también nos invita a mirar más allá de las historias individuales y reconocer nuestra responsabilidad colectiva.

La única manera de que una persona tenga la oportunidad de sobrevivir al cáncer es contar con acceso oportuno a diagnóstico y tratamiento adecuados. Para lograrlo se requieren sistemas de salud sólidos, profesionales de la salud bien formados, investigación científica continua y políticas públicas que garanticen acceso equitativo a servicios de calidad.

Por ello, durante este mes de concienciación sobre el cáncer, invito a cada lector a dedicar unos minutos para apoyar iniciativas que contribuyan a mejorar la salud pública. Abogar, a través de cartas y llamadas a los legisladores, por el financiamiento de la investigación biomédica, por una asignación justa de fondos federales para Medicaid en Puerto Rico y por el fortalecimiento de la educación médica graduada son acciones concretas que pueden traducirse en diagnósticos más tempranos, mejores tratamientos y, en última instancia, más sobrevivientes.

Finalmente, deseo expresar mi solidaridad con quienes actualmente enfrentan esta enfermedad. Mi familia y yo los mantenemos en nuestras oraciones y estamos disponibles para brindar apoyo.

A las familias que han perdido a un ser querido a causa del cáncer, les envío también mis pensamientos y oraciones. No están solos. Somos muchos los que llevamos en el corazón la memoria de quienes ya no están y reconocemos el profundo amor que continúa acompañando su recuerdo.

La supervivencia al cáncer es una experiencia profundamente personal. Pero la oportunidad de sobrevivir es, en gran medida, una responsabilidad compartida por toda la sociedad.

Últimos artículos

Accede a la revista sobre Mieloma Múltiple

ingresa tus datos para
recibir la revista por email