El cerebro también necesita vacaciones

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Autora: Marta Rivera Rondón,PhD(c) – Co fundadora y directora ejecutiva de Mar Educados, es candidata doctoral en Psicología y Neurociencia Cognitiva, maestra de yoga  y comunicadora científica enfocada en salud mental, educación y prevención desde una perspectiva comunitaria.

Hay algo que ocurre cada verano y que pocas veces nos detenemos a pensar. Cambiamos la oficina por la playa, apagamos la computadora por unos días o simplemente disminuimos el ritmo. Sin embargo, incluso cuando nuestro cuerpo parece descansar, muchas veces nuestra mente continúa trabajando. Seguimos revisando correos electrónicos, contestando mensajes, planificando el regreso o sintiendo culpa por no estar siendo «productivos».

Quizás el mayor reto de nuestra época no sea aprender a trabajar más, sino aprender a descansar mejor.

Desde la neurociencia sabemos que el descanso no es un lujo ni una recompensa; es una necesidad biológica. El cerebro necesita pausas para recuperarse, reorganizar la información, regular las emociones y mantener las capacidades cognitivas que utilizamos todos los días. Paradójicamente, dejar de hacer también forma parte de hacer las cosas bien.

Vivimos inmersos en una cultura de la inmediatez. Las notificaciones nos acompañan desde que despertamos hasta que nos acostamos. El trabajo suele extenderse más allá del horario laboral y las redes sociales mantienen nuestra atención constantemente ocupada. No es casualidad que el estrés se haya convertido en uno de los principales desafíos para la salud pública.

Según la American Psychological Association (APA), el 76 % de los adultos reporta haber experimentado síntomas físicos relacionados con el estrés, como fatiga, dolores de cabeza o tensión muscular. Más preocupante aún, una proporción importante reconoce que ese estrés afecta su salud mental, sus relaciones personales y su desempeño cotidiano.

El estrés, por sí mismo, no es el enemigo. De hecho, constituye un mecanismo evolutivo que permitió la supervivencia de nuestra especie. El problema aparece cuando el organismo permanece durante semanas o meses en estado de alerta.

En esas circunstancias aumenta la producción de cortisol, conocida como la hormona del estrés. Diversas investigaciones muestran que niveles elevados y sostenidos de cortisol pueden afectar el funcionamiento del hipocampo, responsable de la memoria y el aprendizaje, así como de la corteza prefrontal, región que interviene en la planificación, la toma de decisiones, el control emocional y la resolución de problemas.

Por ello, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció el burnout como un fenómeno ocupacional asociado al estrés laboral crónico que no ha sido manejado adecuadamente. Lejos de tratarse únicamente de cansancio, el agotamiento sostenido puede comprometer la salud física, emocional y cognitiva.

Aquí es donde las vacaciones adquieren un significado distinto.Cuando disminuyen las exigencias externas, el cerebro comienza procesos que normalmente pasan desapercibidos. Reduce el estado permanente de vigilancia, reorganiza conexiones neuronales, consolida recuerdos y recupera recursos cognitivos indispensables para el bienestar.

Uno de los descubrimientos más interesantes de la neurociencia moderna es la Red neuronal por Defecto (Default Mode Network), es una red cerebral que se activa durante el pensamiento introspectivo y la introspección. Incluye regiones como la corteza prefrontal medial anterior, la corteza cingulada posterior y el giro angular, y la disfunción en esta red puede contribuir a la rumiación y la preocupación excesiva. Durante esos momentos de aparente inactividad, el cerebro integra experiencias, reflexiona, fortalece la memoria autobiográfica, imagina escenarios futuros y favorece la creatividad. Esta es una de las razones por las cuales muchas personas encuentran respuestas a problemas complejos mientras caminan por la playa, observan un atardecer, conducen sin prisa o simplemente permanecen en silencio. El cerebro sigue trabajando, pero lo hace de una manera diferente.

Las vacaciones también representan una oportunidad para recuperar uno de los pilares de la salud cerebral: el sueño. Dormir no consiste únicamente en cerrar los ojos. Durante el sueño profundo el cerebro consolida los aprendizajes, reorganiza la memoria y activa el sistema glinfático, encargado de eliminar sustancias de desecho acumuladas durante el día, incluyendo proteínas relacionadas con enfermedades neurodegenerativas.

Sin embargo, el descanso nocturno continúa siendo insuficiente para millones de personas. Los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) estiman que uno de cada tres adultos duerme menos de las siete horas recomendadas. Esta privación crónica del sueño se asocia con un mayor riesgo de ansiedad, depresión, enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y deterioro cognitivo. La buena noticia es que el cerebro también encuentra alivio en experiencias sencillas. Diversos estudios demuestran que el contacto con la naturaleza reduce los niveles de cortisol, mejora la atención y favorece la regulación emocional. Del mismo modo, compartir tiempo con familiares y amigos fortalece los vínculos sociales y estimula la liberación de oxitocina, una hormona relacionada con la confianza, la seguridad y el bienestar.

En Puerto Rico, esta conversación resulta particularmente relevante. Tras años marcados por huracanes, terremotos, la pandemia y múltiples desafíos económicos y sociales, muchas personas continúan viviendo en un estado de alerta permanente. La Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción (ASSMCA) estima que aproximadamente una de cada cuatro personas experimentará un trastorno de salud mental a lo largo de su vida, mientras diversos estudios locales han documentado un aumento en síntomas de ansiedad, depresión y agotamiento emocional tras las crisis colectivas de los últimos años.

Frente a esta realidad, descansar deja de ser una actividad recreativa para convertirse en una estrategia de prevención y promoción de la salud mental. El descanso no necesariamente implica viajar al otro lado del mundo. El cerebro agradece acciones mucho más sencillas: caminar sin prisa, leer por placer, practicar yoga o mindfulness, contemplar el mar, reducir el tiempo frente a las pantallas, compartir una conversación significativa o simplemente permitirnos algunos minutos de silencio.

En una sociedad que premia el hacer constante, quizá el acto más revolucionario sea detenernos. La evidencia científica demuestra que quienes incorporan períodos regulares de recuperación presentan mejores niveles de creatividad, mayor capacidad para resolver problemas, mejor regulación emocional y menor riesgo de agotamiento. En otras palabras, descansar no disminuye nuestro rendimiento; lo hace sostenible.

Este verano vale la pena preguntarnos no solo a dónde queremos viajar, sino también cómo queremos regresar.

Tal vez el verdadero propósito de las vacaciones no sea escapar de la rutina, sino recuperar aquello que el ritmo acelerado nos ha ido quitando: la capacidad de asombro, la tranquilidad, la conexión con los demás y, sobre todo, el equilibrio de nuestro cerebro.

Porque descansar nunca ha sido perder el tiempo. Es invertir en el órgano que hace posible cada pensamiento, cada emoción, cada aprendizaje y cada proyecto que construimos a lo largo de nuestra vida.

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