“Lo mejor que se puede hacer es no minimizar lo que siente el menor”. La advertencia de la Dra. Natalia Colón, psicóloga clínica, cobra relevancia ante el regreso a clases, una transición que puede generar ilusión, pero también ansiedad en niños y adolescentes.
Aunque cierto nerviosismo puede formar parte de la adaptación al regreso a clases, la diferencia está en la intensidad, duración y el impacto que tenga en la vida cotidiana del menor. La ansiedad puede manifestarse de formas distintas según la edad, por lo que reconocer sus señales permite intervenir antes de que afecte el desempeño escolar, las relaciones familiares o la vida social.
¿Cuándo deja de ser nerviosismo normal?
La especialista explicó que cierta preocupación ante el inicio escolar puede formar parte de una adaptación normal. Sin embargo, la ansiedad requiere mayor atención cuando es “más prevalente, más excesiva, más persistente y puede afectar las diferentes áreas del menor”, afirmó.

En los niños pequeños puede manifestarse mediante llanto excesivo, berrinches al separarse de sus padres, pesadillas, rechazo a la escuela, dolores abdominales, náuseas, vómitos o pérdida del apetito.
En niños mayores y adolescentes pueden aparecer palpitaciones, sudoración, aislamiento, temor al juicio social, excusas frecuentes para no asistir a clases o rechazo a participar en actividades escolares y extracurriculares.
El error de minimizar lo que siente el niño
Frases como “no pasa nada”, “no seas miedoso” o “todo va a estar bien” pueden parecer tranquilizadoras, pero no necesariamente ayudan. “Realmente no ayuda, puede que des-ayude”, señaló la psicóloga.
En lugar de negar la emoción, recomendó reconocerla y acompañar al menor: “Está bien que entiendas lo que está sintiendo y vamos a ver cómo lo manejamos”, explicó la especialista.
La especialista también advirtió que evitar constantemente aquello que provoca ansiedad puede reforzarla. “Si evitamos también lo que trae ansiedad, solamente aumenta la ansiedad”, explicó.

Rutinas y apoyo para una transición gradual
Retomar progresivamente los horarios de sueño, alimentación y actividades puede aportar estructura y seguridad. También es importante utilizar los recursos disponibles en la escuela, como maestros, consejeros, psicólogos escolares y trabajadores sociales.
Cuando los síntomas persisten por más de dos semanas o afectan significativamente el desempeño en casa, la escuela, las amistades o la vida familiar, se recomienda buscar ayuda profesional. El pediatra puede ser el primer punto de contacto y orientar hacia psicología o psiquiatría infantil según la severidad.
La intervención temprana puede marcar una diferencia en el pronóstico. “La ansiedad es algo muy común en menores”, recordó la especialista, pero atenderla oportunamente puede evitar que persista durante la adolescencia y la adultez.
El mensaje central para padres y cuidadores es claro: validar la emoción no significa alimentar el miedo; significa ayudar al niño a aprender a manejarlo.









