Autora: Marta Rivera Rondón, PhD(c) – Co fundadora y directora ejecutiva de Mar Educados, es candidata doctoral en Psicología y Neurociencia Cognitiva, maestra de yoga y comunicadora científica enfocada en salud mental, educación y prevención desde una perspectiva comunitaria.
El descanso suele asociarse con dormir, viajar o dejar de trabajar. Sin embargo, podemos estar acostados y continuar cognitivamente ocupados: contestando mensajes, desplazándonos por redes sociales, leyendo titulares o alternando entre videos. El cuerpo se detiene, pero la atención sigue respondiendo a estímulos. Por eso, desconectarnos del celular también puede ser una forma de descanso cerebral.
El teléfono no es, por sí mismo, enemigo del cerebro. Nos permite comunicarnos, aprender, orientarnos y acceder a apoyo. El reto aparece cuando su uso se vuelve continuo y fragmentado. Cada notificación, vibración o impulso de revisar la pantalla compite con la tarea que realizamos. El cerebro debe inhibir la distracción, decidir si atenderla y luego reconstruir el hilo de lo que estaba haciendo. Ese cambio parece mínimo, pero repetido decenas de veces aumenta la carga cognitiva.
La atención es un recurso limitado. Mantenerla requiere seleccionar información relevante y suprimir lo que no importa en ese momento, procesos vinculados con redes cerebrales de control ejecutivo. Cuando pasamos rápidamente de una aplicación a otra no realizamos varias tareas complejas de manera simultánea; alternamos entre ellas. Cada transición tiene un costo: perdemos precisión, tardamos en recuperar el foco y dejamos parte de nuestros recursos mentales comprometidos con la actividad anterior. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha llamado la atención sobre la necesidad de abordar los riesgos asociados con el uso excesivo de las tecnologías digitales, sin perder de vista sus beneficios para la comunicación, la educación y el acceso a recursos de salud.
De ahí surge la llamada fatiga atencional: la sensación de tener la mente saturada, dificultad para concentrarse, irritabilidad o necesidad constante de estimulación. No es un diagnóstico clínico ni significa que el celular haya “dañado” el cerebro. Es una manera útil de describir el agotamiento que aparece después de sostener el control atencional y responder a interrupciones durante muchas horas. Incluso los momentos que antes permitían divagar como: esperar en una fila, caminar o sentarse en silencio, suelen llenarse con contenido. Así reducimos las pausas en las que la mente organiza experiencias, conecta ideas y baja su nivel de exigencia.
La hiperconectividad también puede afectar el descanso nocturno. El problema no se limita a la luz de la pantalla. Revisar conversaciones, noticias o contenido emocionalmente activante cerca de la hora de dormir puede retrasar el sueño y mantenernos en estado de alerta. Además, tener el teléfono al alcance facilita el “solo cinco minutos más” y las revisiones nocturnas. Cuando el sueño se acorta o fragmenta, al día siguiente disminuyen la atención, la regulación emocional y la capacidad de tomar decisiones.
Los datos internacionales ayudan a dimensionar el problema. Un informe de la Oficina Regional para Europa de la OMS encontró que el 11 % de los adolescentes mostraba señales de uso problemático de las redes sociales, frente al 7 % en 2018. Además, 36 % reportó mantenerse en contacto constante con sus amistades por internet (Organización Mundial de la Salud, 2024). Estas cifras corresponden a población adolescente de Europa, Asia Central y Canadá, por lo que no deben extrapolarse automáticamente a todas las edades o regiones. Aun así, revelan hasta qué punto la disponibilidad permanente puede dificultar el control del uso y desplazar el sueño, la actividad física y la convivencia presencial.
La propia OMS reconoce que la vida digital ofrece oportunidades y riesgos. Las plataformas pueden facilitar conexión social, aprendizaje, expresión y acceso a información; también pueden exponer a interrupciones continuas, contenido perjudicial y hábitos que interfieren con actividades esenciales para el bienestar. Por eso, no toda conexión digital es perjudicial ni todas las personas responden igual. Importan el contenido, el contexto, la hora, la intención y lo que el uso desplaza. Una videollamada significativa no equivale a una hora de desplazamiento automático; utilizar una aplicación para meditar no tiene el mismo efecto que responder mensajes laborales antes de dormir.
También necesitamos distinguir entre aburrimiento y descanso. Ante los primeros segundos de quietud, muchas personas toman el teléfono casi de forma automática. Sin embargo, no llenar cada pausa permite que la atención deje de reaccionar a novedades y se oriente hacia pensamientos internos. En esos intervalos podemos repasar lo vivido, identificar emociones, imaginar soluciones o simplemente permitir que disminuya la activación. No toda divagación mental es beneficiosa. A veces puede convertirse en preocupación repetitiva, pero eliminar por completo los espacios de silencio tampoco favorece la autorregulación. Descansar el cerebro no significa apagarlo, sino cambiar el tipo y la intensidad de la demanda que colocamos sobre él.
Por eso, descansar digitalmente no exige desaparecer de internet. Requiere recuperar la capacidad de elegir cuándo estar disponibles. Podemos comenzar silenciando notificaciones no esenciales, retirando el celular durante comidas y conversaciones, creando bloques de trabajo sin interrupciones y evitando llevarlo a la cama. También ayuda establecer una franja de 30 a 60 minutos sin pantalla antes de dormir y reservar cada día algún momento sin contenido: caminar, respirar, escribir, escuchar música o simplemente no hacer nada productivo.
La meta no es una desintoxicación basada en culpa, sino una relación más consciente con la tecnología. El cerebro necesita estimulación, pero también continuidad, silencio y tiempo no programado. Desconectarnos por momentos no significa aislarse del mundo; significa volver a habitarlo con atención. A veces, el descanso que necesitamos no consiste en dormir más, sino en dejar de responder, aunque sea por un rato, a todo lo que reclama nuestra mirada.
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