La Enfermedad Arterial Periférica (EAP) continúa representando un importante desafío de salud pública en Puerto Rico. Aunque puede desarrollarse de manera silenciosa, su progresión puede comprometer seriamente la circulación de las extremidades y llevar a complicaciones como úlceras, gangrena y amputaciones.
El Dr. Gabriel Pereira, cirujano vascular y presidente de la Sociedad de Cirugía Vascular y Endovascular de Puerto Rico, advierte que la isla reúne múltiples factores de riesgo que favorecen el desarrollo de esta enfermedad. “En Puerto Rico tenemos una mezcla de factores de riesgo que crean, como quien dice, la tormenta perfecta para crear una epidemia para la enfermedad arterial periférica”, explicó el especialista.
Entre estos factores se encuentran la diabetes, la hipertensión, el tabaquismo y el envejecimiento de la población. Según Dr. Pereira, Puerto Rico presenta una prevalencia de diabetes de aproximadamente 17 %, mientras que una proporción importante de la población tiene 65 años o más. Esta combinación aumenta la probabilidad de desarrollar aterosclerosis y, posteriormente, enfermedad arterial periférica.
Una enfermedad que puede permanecer oculta
Uno de los principales obstáculos para combatir la EAP es que muchas personas pueden tener la enfermedad sin saberlo. “¿Y por qué es una epidemia silente? Y es porque del 20 % al 50 % de estos pacientes no presentan síntomas. Tienen la enfermedad, pero no presentan síntomas”.
La ausencia de síntomas puede retrasar la búsqueda de atención médica. Cuando aparecen manifestaciones como dolor al caminar, cambios en la temperatura o coloración de los pies o heridas que no cicatrizan, la enfermedad puede encontrarse en una etapa más avanzada.
Para el especialista, esta situación contribuye directamente a que algunos pacientes lleguen tarde a la evaluación vascular. “Cuando empiezan a presentar síntomas, usualmente en Puerto Rico llegan tarde a donde el cirujano vascular o a donde el médico primario”, explicó. El impacto de este diagnóstico tardío se refleja en una de las consecuencias más graves de la enfermedad arterial periférica, las amputaciones.
De acuerdo con el doctor, existe una cifra preocupante. “En Puerto Rico se hacen alrededor de seis amputaciones por día, casi 3,200 amputaciones al año y no todos los días se opera en Puerto Rico. Así que imagínate cuán grande es esta epidemia”, afirmó.
La cifra evidencia la necesidad de fortalecer las estrategias de prevención y detección temprana, particularmente entre las personas que acumulan varios factores de riesgo.
Un reto que también requiere datos
Además de la detección clínica, el cirujano vascular identifica una barrera desde la perspectiva de salud pública. “Parte del problema y parte de esta epidemia es la falta de estudios epidemiológicos que evalúen nuestra población”, sostuvo.
Conocer cuántas personas viven con EAP permitiría desarrollar estrategias dirigidas a la identificación de pacientes, mejorar la planificación de recursos y facilitar la intervención antes de que aparezcan complicaciones graves.
El Dr. Pereira considera necesario establecer mecanismos que conecten la identificación de estos pacientes con los profesionales encargados de su manejo. “Hay que hacer un registro y un equipo de trabajo para poder tratar esta enfermedad, poder identificarla y que llegue a los médicos primarios o llegue a los intervencionistas para que los puedan tratar a tiempo”, concluyó.
La enfermedad arterial periférica puede avanzar silenciosamente, pero sus consecuencias no lo son. Para Puerto Rico, reconocer el problema y detectar a los pacientes antes de que desarrollen complicaciones representa uno de los principales pasos para reducir su impacto.









