A comienzos de la década de 1980, cuando Francisco Lopera iniciaba su carrera como neurólogo en Medellín, atendió a un paciente de apenas 47 años con deterioro cognitivo. La edad no era lo único que llamaba la atención, su padre y su abuelo habían presentado síntomas similares.
El caso llevó a Lopera hasta Belmira, en el norte de Colombia, donde comenzó a encontrar familias que convivían desde hacía generaciones con una enfermedad que aparecía mucho antes de lo habitual. Lo que inicialmente parecía una serie de casos aislados terminó revelando una de las investigaciones más importantes sobre Alzheimer hereditario.
De paciente en paciente a una investigación de generaciones

Lopera, nacido en 1951 en Santa Rosa de Osos, se formó como médico en la Universidad de Antioquia y posteriormente viajó a Bélgica para profundizar sus estudios en neuropediatría y neuropsicología. Sin embargo, su trabajo científico permaneció estrechamente ligado a Colombia.
En 1992 impulsó la creación del Grupo de Neurociencias de Antioquia (GNA), institución que se convertiría en un referente para el estudio de las demencias hereditarias.
A mediados de los años ochenta comenzó además una etapa decisiva junto a la investigadora Lucía Madrigal Zapata. Ambos recorrieron municipios, visitaron familias, revisaron registros y reconstruyeron árboles genealógicos para identificar cómo se transmitía la enfermedad de una generación a otra. 33“No bastaba con preguntar por síntomas, había que entender quién era hijo de quién, qué edad tenía cada persona cuando empezó a olvidar y cómo se repetía el cuadro dentro de una misma red familiar”.
Este trabajo permitió transformar relatos familiares y casos aparentemente independientes en un mapa epidemiológico y genético mucho más amplio.
La “mutación paisa” que cambió la investigación
Uno de los grandes puntos de inflexión llegó con la identificación de la mutación PSEN1 E280A, conocida popularmente como mutación paisa.
Esta alteración genética está asociada con una forma hereditaria de Alzheimer de inicio temprano y permitió explicar por qué múltiples integrantes de determinadas familias desarrollaban la enfermedad a edades inusualmente jóvenes.
El descubrimiento también convirtió a estas familias en una cohorte científica de enorme valor. Su seguimiento permitió estudiar los cambios biológicos relacionados con la enfermedad incluso antes de que aparecieran manifestaciones clínicas evidentes.
La investigación colombiana comenzó entonces a conectarse con equipos internacionales y con estudios sobre biomarcadores, prevención y neurodegeneración, incluyendo la colaboración con el neurólogo y neurocientífico estadounidense Kenneth Kosik.
El alcance del trabajo no habría sido posible sin la participación de las familias. Miles de personas aceptaron someterse a evaluaciones cognitivas, controles médicos y análisis genéticos, muchas de ellas conociendo de cerca el impacto que la enfermedad había tenido en sus padres, hermanos, tíos o abuelos.
Para muchas de estas personas, participar en la investigación no significaba necesariamente obtener un beneficio inmediato. Su motivación estaba relacionada con la posibilidad de que las futuras generaciones pudieran contar con mejores respuestas frente a la enfermedad.
Esta relación entre investigadores y comunidades se convirtió en uno de los pilares del proyecto. “La ciencia clínica de largo plazo depende de relaciones humanas que no se improvisan”.
Un caso que abrió una nueva pregunta sobre la resistencia al Alzheimer

La investigación también permitió identificar situaciones que desafiaban lo esperado.
Uno de los casos más estudiados fue el de Aliria Rosa Piedrahíta, portadora de la mutación PSEN1 E280A y de una variante protectora conocida como APOE3 Christchurch.
A pesar de portar la mutación asociada con Alzheimer hereditario, presentó síntomas mucho más tarde de lo esperado. Su caso se convirtió en una referencia internacional para estudiar qué mecanismos podrían ofrecer protección frente a la neurodegeneración.
Estos hallazgos abrieron nuevas preguntas: ¿por qué algunas personas desarrollan la enfermedad antes y otras pueden permanecer clínicamente protegidas durante años pese a compartir una misma alteración genética?
El trabajo de Francisco Lopera trascendió las fronteras de Colombia. En 2020 recibió el Bengt Winblad Lifetime Achievement Award y, en 2024, el Premio Potamkin, uno de los reconocimientos más importantes en el campo de las enfermedades neurodegenerativas. Lopera falleció en Medellín el 10 de septiembre de 2024, a los 73 años. Sin embargo, la investigación que comenzó décadas atrás continúa.
Más de 40 años después de aquel primer paciente de Belmira, investigadores siguen estudiando a integrantes de estas familias y utilizando la información recopilada durante generaciones para comprender mejor el Alzheimer hereditario. La historia de Francisco Lopera demuestra que, en ocasiones, una gran pregunta científica puede comenzar en el lugar más inesperado: la casa de una familia que busca entender por qué el olvido se repite de generación en generación.









