La visión como motor del desarrollo infantil: Una mirada más allá de los 20/20

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Autor: Lcdo. Óscar Guido Cauich, Vocal de universidades de AMFECCO y Presidente del Consejo de Acreditación del Colegio Mexicano de Optometría Pediátrica

La visión no es simplemente un registro pasivo de imágenes; es el sentido que lidera el proceso de aprendizaje en las etapas críticas del crecimiento. Se estima que aproximadamente el 80% de la información que un niño recibe en el aula se procesa a través de la vía visual. Sin embargo, en la práctica clínica diaria, la salud ocular pediátrica suele quedar relegada a un segundo plano hasta que el síntoma es evidente o el fracaso escolar es inminente. Como profesionales de la salud, es imperativo cambiar el paradigma de la «queja» por el de la «detección oportuna».

Desde el nacimiento hasta los siete u ocho años, el sistema visual se encuentra en un periodo de plasticidad neurológica. Durante esta ventana, el cerebro aprende a ver. Si existe una interferencia —ya sea un error refractivo no corregido (como la hipermetropía o el astigmatismo), un estrabismo o una catarata congénita—, la conexión entre el ojo y la corteza visual no se desarrolla correctamente, resultando en ambliopía, comúnmente conocida como «ojo flojo».

La ambliopía es una de las causas más comunes de pérdida visual unilateral en niños y, lo que es más grave, es en gran medida prevenible si se interviene a tiempo. Un niño que no ve bien no siempre se quejará; para él, su visión borrosa es la única realidad que conoce. Es aquí donde el médico de primer contacto, el pediatra y el optometrista pediátrico deben actuar como una red de seguridad infranqueable.

En el contexto actual, nos enfrentamos a un desafío de salud pública sin precedentes: el aumento global de la miopía. El cambio en los estilos de vida, caracterizado por un uso intensivo de dispositivos electrónicos de visión próxima y una disminución de las actividades al aire libre, ha acelerado el crecimiento del globo ocular en los niños.

Hoy sabemos que la miopía no es un simple inconveniente que se soluciona con gafas. Una miopía alta aumenta exponencialmente el riesgo de patologías graves en la vida adulta, como el desprendimiento de retina o la degeneración macular. Por ello, la optometría pediátrica moderna ya no solo busca compensar el defecto visual, sino implementar estrategias de control de miopía (lentes de desenfoque periférico, fármacos específicos o higiene visual) para frenar su progresión.

La prevención debe comenzar desde la cuna. El tamiz visual neonatal es el primer paso esencial para descartar patologías que comprometan la vida o la integridad del globo ocular. Posteriormente, se recomiendan revisiones integrales al primer año, a los tres años y antes del ingreso escolar.

La detección temprana no solo salva la visión; salva el potencial de un niño. Un diagnóstico oportuno de un problema de binocularidad puede ser la diferencia entre un niño que disfruta de la lectura y uno que es erróneamente diagnosticado con trastornos de atención o dificultades de aprendizaje.

La salud visual pediátrica requiere un enfoque interdisciplinario. Médicos, optometristas, educadores y padres de familia debemos entender que la visión es una función neurosensorial compleja que sustenta la autonomía y la calidad de vida. No podemos esperar a que un niño manifieste síntomas; nuestra responsabilidad es garantizar que cada niño tenga el derecho a ver el mundo con total claridad. La inversión en un examen visual temprano es, en última instancia, una inversión en el futuro desarrollo social y académico de nuestra población.

Referencias Bibliográficas

  1. American Academy of Ophthalmology. Pediatric Ophthalmology and Strabismus. San Francisco: AAO; 2023.
  2. Morgan IG, Wu PC, Ostrin LA, Tideman JWL, Yam JC, Lan W, et al. IMI Risk Factors for Myopia. Invest Ophthalmol Vis Sci. 2021;62(5):3.
  3. Cotter SA, Varma R, Tarczy-Hornoch K, et al. Risk factors associated with childhood strabismus: the multi-ethnic pediatric eye disease and Baltimore eye disease studies. Ophthalmology. 2011;118(11):2251-2261.
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