Durante varios siglos, Europa sostuvo una creencia que hoy resulta difícil de imaginar: que los restos humanos, especialmente las momias egipcias, poseían propiedades curativas. Lo que actualmente podría considerarse una práctica macabra fue, entre los siglos XI y XIX, una terapia aceptada por médicos, monarcas y miembros de la aristocracia.
La práctica, conocida como necroantropofagia o farmacopea humana, consistía en consumir polvo de momia, tejidos humanos e incluso restos de cadáveres preparados con fines medicinales. La idea era que los cuerpos embalsamados conservaban una especie de energía vital capaz de combatir enfermedades, acelerar la cicatrización y aliviar múltiples dolencias.
Según relata el artículo “Una momia en la sopa”, el origen de esta práctica se encuentra en un malentendido lingüístico. En el mundo islámico medieval, la palabra mumia hacía referencia a un tipo de betún natural de origen persa utilizado con fines terapéuticos.
El médico persa Avicena, una de las figuras más influyentes de la medicina medieval, recomendaba esta sustancia por sus propiedades cicatrizantes. Sin embargo, cuando los textos árabes fueron traducidos al latín, muchos europeos interpretaron erróneamente el término y comenzaron a asociarlo con los cuerpos embalsamados del antiguo Egipto. Así nació la llamada mumia vera aegyptia, un producto que rápidamente se convirtió en un remedio codiciado en toda Europa.
Reyes, nobles y médicos consumían polvo de momia
La popularidad de esta práctica alcanzó niveles sorprendentes. Diversas figuras históricas confiaban en las supuestas virtudes medicinales de las momias.
El rey Francisco I de Francia llevaba consigo una mezcla de polvo de momia y ruibarbo como remedio de emergencia. Por su parte, Catalina de Médicis enviaba emisarios a Egipto para conseguir cuerpos considerados de buena calidad, mientras que Pedro I de Rusia llegó a solicitar cientos de momias.
La confianza era tal que algunos médicos de la época defendían abiertamente su uso. El cirujano italiano Giovanni da Vigo, en el siglo XVI, llegó a describir la “mumia” como un medicamento indispensable para la práctica médica.
El creciente interés por las momias generó un lucrativo mercado internacional. A medida que aumentaba la demanda, comenzaron a surgir problemas de abastecimiento. Los comerciantes recurrieron entonces a prácticas fraudulentas, utilizando cadáveres recientes, cuerpos de criminales ejecutados o restos humanos tratados artificialmente para venderlos como auténticas momias egipcias. De esta manera, el comercio de restos humanos se convirtió en una actividad altamente rentable y difícil de controlar.
Del remedio milagroso al cuestionamiento científico
Con el avance del conocimiento científico y el desarrollo de métodos más rigurosos de investigación médica, la eficacia de estos tratamientos comenzó a ser cuestionada.
Durante los siglos XVIII y XIX, el auge de la anatomía, la farmacología moderna y la medicina basada en la observación fue debilitando progresivamente la confianza en este tipo de remedios. Lo que durante generaciones había sido considerado una terapia legítima pasó a verse como una práctica sin sustento científico.
La historia del consumo de momias revela cómo las creencias médicas pueden estar profundamente influenciadas por factores culturales, errores de interpretación y tradiciones heredadas.
Aunque hoy resulta difícil imaginar que restos humanos fueran utilizados como medicamentos, este episodio recuerda que muchas prácticas consideradas válidas en una época pueden ser reevaluadas a la luz de nuevos conocimientos científicos. También evidencia la importancia de la investigación rigurosa y del pensamiento crítico en la construcción de la medicina moderna.









