Aun en los momentos más complejos, la gratitud puede convertirse en un recurso poderoso para la salud integral. Así lo demuestra la historia de Nicola, una madre de cuatro hijos que enfrentó depresión y dos cirugías mayores.
En medio del agotamiento y la sensación de que todo se desmoronaba, decidió centrarse en un hábito sencillo: agradecer. Ese gesto marcó el inicio de un proceso de recuperación que hoy forma parte del cortometraje Caminar en gratitud, de la iniciativa nacional TakeCare, orientada a promover bienestar a través de prácticas con sustento científico.
El caso de Nicola no es aislado. Para el Dr. Robert A. Emmons, profesor de Psicología en la Universidad de California en Davis y uno de los principales investigadores del mundo en esta materia, la gratitud es mucho más que un sentimiento ocasional: es una actitud y una práctica con efectos medibles en la salud física, emocional y social.
Una actitud que se entrena
Aunque suele asociarse a momentos positivos, la gratitud no depende de las circunstancias. De hecho, su utilidad aumenta cuando la persona enfrenta estrés, pérdidas o incertidumbre. Emmons explica que cultivar gratitud implica desarrollar una disposición constante para reconocer lo bueno, incluso en medio de dificultades.
En el caso de Nicola, esto se tradujo en “caminatas de gratitud”: recorridos en la naturaleza que le permitieron reconectar con su entorno y mantener la práctica de manera sostenida.
Otras estrategias comunes incluyen llevar un diario de agradecimiento, expresar gratitud a familiares o amistades, practicar mindfulness o integrar ejercicios de reflexión diaria. No existe un método único; el objetivo es identificar las técnicas que mejor se ajusten a cada persona.
El modelo ARC: cómo actúa la gratitud en la salud
Para comprender su impacto, Emmons propone el modelo ARC, un marco que describe cómo la gratitud influye en la vida cotidiana:
- Amplifica: potencia la percepción de lo positivo, ayudando a equilibrar la tendencia natural del cerebro hacia lo negativo.
- Rescata: ofrece una vía para contrarrestar emociones como el resentimiento, la ansiedad o el pesimismo.
- Conecta: fortalece vínculos interpersonales, ya que la gratitud actúa como un “pegamento social” que cohesiona relaciones y comunidades.
Este modelo refleja cómo una práctica regular puede transformar la respuesta ante el estrés y mejorar la resiliencia personal.
Evidencia científica: beneficios medibles en el cuerpo y la mente
En los últimos años, el número de estudios clínicos sobre la gratitud ha aumentado significativamente, revelando efectos concretos en el bienestar general. La investigación liderada por Emmons y otros equipos académicos muestra que practicar gratitud puede:
- Reducir la presión arterial.
- Mejorar la función inmunológica.
- Aumentar el colesterol HDL (“bueno”) y reducir el LDL (“malo”).
- Favorecer un sueño más profundo y reparador.
- Disminuir síntomas de depresión, ansiedad y riesgo de abuso de sustancias.
Además, se ha observado que las personas que practican gratitud tienden a llevar estilos de vida más saludables: hacen más ejercicio, mantienen mejores hábitos alimentarios y cumplen con mayor consistencia sus tratamientos médicos.
La gratitud también tiene un componente social. Es una práctica contagiosa: cuando se expresa públicamente, inspira a otras personas. Nicola, por ejemplo, invita a amistades y familiares a unirse a sus caminatas, multiplicando el impacto positivo en su entorno. Según Emmons, este efecto colectivo fortalece redes de apoyo, mejora la convivencia y favorece el bienestar comunitario.
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