El documento, publicado el 31 de agosto de 2026 en Neurology y Headache, incorpora evidencia sobre tratamientos desarrollados durante los últimos años y establece criterios para ayudar a seleccionar la estrategia preventiva más adecuada.
La actualización reconoce a la migraña como una enfermedad neurológica crónica cuyos ataques pueden producir cefalea, náuseas, sensibilidad a la luz y al sonido, mareo, alteraciones visuales y dificultades cognitivas. Además de la intensidad y frecuencia de los episodios, la enfermedad puede interferir de forma significativa con el trabajo, la vida social y las actividades cotidianas.
Uno de los puntos centrales de la nueva guía es cuándo considerar un tratamiento preventivo. Las recomendaciones señalan que debe ofrecerse a las personas que presentan cuatro o más días de migraña al mes, cuatro o más días mensuales de cefalea moderada a grave, o cuando la enfermedad afecta su capacidad para trabajar o realizar actividades diarias.
La guía incorpora tanto medicamentos preventivos previamente establecidos como opciones terapéuticas más recientes, reflejando la expansión del arsenal disponible para la migraña. Entre las alternativas existen tratamientos orales que pueden requerir administración diaria o en días alternos y terapias inyectables administradas con una frecuencia mensual o trimestral.
La selección del tratamiento debe considerar el impacto de la migraña sobre la calidad de vida, la solidez de la evidencia disponible, los posibles efectos adversos, el costo y las características del medicamento. Las organizaciones también destacan que algunas terapias pueden ofrecer un beneficio adicional cuando el paciente presenta otra condición que puede tratarse con el mismo fármaco, mientras que otras fueron desarrolladas específicamente para la prevención de la migraña.
Otro elemento destacado es la necesidad de evaluar la respuesta después de iniciar el tratamiento dentro de los intervalos establecidos en la guía. La AAN y la AHS enfatizan que la existencia de múltiples opciones permite cambiar de estrategia cuando un medicamento no resulta eficaz o no es bien tolerado, favoreciendo una decisión compartida entre el profesional de salud y el paciente.
La actualización representa un cambio importante respecto al escenario de 2012, debido a la incorporación de nueva evidencia y al desarrollo de diferentes clases de tratamientos preventivos. Sin embargo, la guía no propone un único medicamento como opción universal: plantea que la prevención debe individualizarse según las características clínicas y las necesidades de cada paciente, con el objetivo de reducir la frecuencia de los ataques y su impacto funcional.
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