La aterosclerosis es un proceso crónico y progresivo que se desarrolla durante años, muchas veces sin causar síntomas hasta que las arterias están tan estrechadas que no pueden suministrar suficiente sangre al corazón, el cerebro o el resto del cuerpo. En la práctica clínica moderna se ha demostrado que el riesgo cardiovascular real depende de la “carga acumulada de partículas aterogénicas” a lo largo de la vida, no solo de un valor aislado de colesterol o de la presencia de un evento previo.
Este proceso ocurre cuando el colesterol LDL y otras sustancias se depositan en las paredes de las arterias, formando placas de ateroma que reducen la luz arterial y endurecen los vasos. Con el tiempo, estas placas pueden crecer, volverse inestables o incluso romperse, lo que puede desencadenar la formación de coágulos, bloqueos y eventos cardiovasculares graves como infartos de miocardio o accidentes cerebrovasculares.
El problema de la aterosclerosis es que en sus etapas iniciales raramente causa síntomas perceptibles para quien la padece. Las personas pueden sentirse aparentemente sanas incluso cuando ya hay un estrechamiento considerable en arterias importantes, por lo que muchas veces la enfermedad se descubre solo tras un evento mayor o en exámenes específicos.
Los síntomas típicos, cuando finalmente aparecen, dependen de la localización de la obstrucción: dolor en el pecho (angina) si afecta las arterias coronarias, debilidad o entumecimiento si compromete el flujo al cerebro, o dolor en las piernas al caminar si se trata de arteriopatía periférica.
La causa subyacente se asocia a factores de riesgo tradicionales como colesterol elevado, hipertensión arterial, tabaquismo, diabetes, obesidad y sedentarismo, junto con factores no modificables como la edad y los antecedentes familiares de enfermedad cardiovascular.
La detección temprana es un desafío clínico porque los controles tradicionales basados en síntomas suelen llegar demasiado tarde. Técnicas de imagen cardiovascular y medidas de biomarcadores pueden ayudar a identificar aterosclerosis subclínica mucho antes de que se traduzca en un evento cardiovascular, ofreciendo una oportunidad para actuar preventivamente sobre los factores de riesgo.
Aunque cambios en el estilo de vida y tratamiento de factores de riesgo (como reducción de colesterol y control de la presión arterial) pueden ralentizar o incluso revertir parcialmente el proceso aterosclerótico en sus etapas tempranas, aún no existe una “cura” definitiva que elimine por completo las placas establecidas. Por eso, llegar tarde ya no es una opción si se quiere prevenir daño cardiovascular irreversible.
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