Corazón y mente: una conexión clínica bidireccional

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Trastornos como la ansiedad pueden imitar síntomas cardíacos o exacerbar afecciones existentes, mientras que vivir con una patología cardíaca puede intensificar cuadros de angustia, temor o desmotivación.

Cuando una persona recibe el diagnóstico de una afección cardíaca, el impacto no se limita al sistema cardiovascular. El componente emocional puede ser igual de determinante. La preocupación persistente, la ansiedad o incluso la depresión pueden alterar conductas clave como la adherencia al tratamiento, la actividad física y los hábitos de autocuidado, generando un efecto acumulativo sobre la salud del corazón.

La evidencia clínica muestra que la relación entre salud mental y enfermedad cardiovascular es bidireccional. Trastornos como la ansiedad pueden imitar síntomas cardíacos o exacerbar afecciones existentes, mientras que vivir con una patología cardíaca puede intensificar cuadros de angustia, temor o desmotivación.

El doctor Safwat Gassis, director de electrofisiología cardíaca y de la clínica de fibrilación auricular del Penn State Health, advierte que esta interacción es frecuente en la práctica clínica. Palpitaciones, dificultad para respirar, mareos u hormigueo pueden presentarse tanto en una arritmia cardíaca como en un ataque de pánico, lo que puede generar confusión diagnóstica.

En algunos casos, latidos prematuros benignos son interpretados como un evento grave. Esa percepción aumenta la ansiedad y activa la liberación de adrenalina, acelerando la frecuencia cardíaca y perpetuando un círculo fisiológico de retroalimentación. A la inversa, personas con ansiedad pueden interpretar síntomas autonómicos como evidencia de una enfermedad cardíaca severa.

Reconocer síntomas y evitar el sobrediagnóstico

Determinar la gravedad de los síntomas es clave. Manifestaciones como dolor torácico intenso o dificultad respiratoria marcada requieren evaluación inmediata. Sin embargo, no todas las palpitaciones aisladas implican una emergencia.

La monitorización ambulatoria del ritmo cardíaco durante días o semanas puede ayudar a identificar patrones y diferenciar entre alteraciones eléctricas significativas y fenómenos benignos. Una evaluación adecuada no solo orienta el tratamiento, sino que también reduce la incertidumbre, un factor que alimenta la ansiedad.

Cuando se descarta una arritmia de riesgo, mantener actividad física regular puede ser terapéutico. El ejercicio favorece la liberación de endorfinas, mejora la regulación autonómica y contribuye tanto al bienestar psicológico como a la salud cardiovascular.

El abordaje simultáneo de los factores emocionales y cardíacos resulta, por tanto, fundamental. Entender que el corazón y la mente funcionan en estrecha interacción permite diseñar estrategias más integrales, reducir intervenciones innecesarias y mejorar la calidad de vida de los pacientes.

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