“Cada paciente tiene su ruta”, explicó la Dra. Elba Torres, patóloga, presidenta de Puerto Rico Pathology y sobreviviente de cáncer de seno, al describir el papel de los biomarcadores en la medicina oncológica. Estas características biológicas permiten conocer con mayor precisión qué ocurre dentro de un tumor y utilizar esa información para orientar el diagnóstico, estimar su evolución y seleccionar tratamientos dirigidos.
Los biomarcadores pueden ser proteínas, sustancias o alteraciones genéticas y genómicas que pueden medirse objetivamente y aportar información sobre una enfermedad. En cáncer, su análisis permite identificar características particulares de las células tumorales que pueden modificar las decisiones clínicas.
“Es como el mapa que tienen las células”, explicó la especialista. “Cada célula tiene su mapa, cada célula tiene su evolución y cuando se desorganiza, se alborota y se pone graciosita, pues entonces surge el cáncer”.
Del diagnóstico a la terapia dirigida
Los biomarcadores pueden cumplir diferentes funciones. Los diagnósticos ayudan a identificar la naturaleza de una enfermedad; los pronósticos aportan información sobre su posible evolución y agresividad; y los predictivos permiten estimar la probabilidad de respuesta a determinados tratamientos.

Esta última función ha sido fundamental para el desarrollo de la medicina de precisión. En cáncer de seno, por ejemplo, conocer el estado de HER2 puede ayudar a determinar si una paciente podría beneficiarse de terapias dirigidas contra esta proteína. En otros tumores, alteraciones como EGFR en cáncer de pulmón o BRAF en melanoma pueden orientar hacia tratamientos específicos.
“Un biomarcador puede ser tanto para decirte: eres elegible a un medicamento, como no eres elegible a este medicamento”, señaló la patóloga. “Y ahí se van buscando otras alternativas”.
Pero los biomarcadores también pueden indicar cuándo una terapia probablemente no será efectiva. Torres mencionó como ejemplo determinadas mutaciones en KRAS en cáncer colorrectal, que pueden asociarse con una menor probabilidad de respuesta a ciertos fármacos anti-EGFR.
El patólogo detrás de la ruta terapéutica
El proceso comienza muchas veces con una biopsia. El tejido debe ser procesado, estudiado y, cuando es necesario, sometido a tinciones o pruebas adicionales para identificar los biomarcadores que aportarán información relevante. “Somos camarógrafos. Estamos detrás de las cámaras, nadie nos ve, somos el que coordina el baile y nadie nos ve”, afirmó.
Para la especialista, esa responsabilidad convierte al patólogo en una figura fundamental dentro del equipo oncológico. “Mi diagnóstico bajo ese microscopio tiene que ser preciso, exacto y confiable para que el que lo va a tratar a usted lo pueda tratar”, afirmó.
La especialista explicó que el patólogo también determina qué área del tejido debe utilizarse para realizar determinados estudios. El resultado puede influir en decisiones relacionadas con el tratamiento, la radioterapia o la selección de terapias dirigidas.
Una medicina cada vez más personalizada
La experiencia de la propia especialista como paciente ilustra por qué el estudio molecular de los tumores puede ser determinante. En su caso, el tumor inicial de cáncer de seno era negativo para HER2, mientras que una metástasis posterior presentó positividad para este biomarcador, modificando la información disponible para orientar su tratamiento. “Esto es un ejemplo de transformación de un tumor”, explicó.
La evolución de los biomarcadores también demuestra cuánto ha avanzado la oncología. La patóloga destacó que el conocimiento sobre HER2, por ejemplo, se ha ampliado hasta identificar diferentes niveles de expresión y desarrollar tratamientos para algunos de estos escenarios.
El desarrollo de nuevos biomarcadores y terapias depende directamente de la investigación. Para la Dra. Torres, conocer cada vez mejor la biología de los tumores permite avanzar hacia una oncología en la que el tratamiento no se define únicamente por el órgano donde comenzó el cáncer, sino también por las características particulares de cada tumor.
“Cada paciente tiene su ruta”, reiteró la especialista. Y conocer ese mapa puede ser el primer paso para encontrarla.









