¿Cómo reconocer el dolor cuando el paciente no puede decir que le duele? 

original web 2026 09 11t150925.761
Cuando las palabras no están disponibles, algunos cambios de comportamiento pueden convertirse en señales relevantes.

El dolor es una experiencia subjetiva y, en la práctica clínica, una de las principales herramientas para evaluarlo es preguntarle al paciente qué siente y cuánto le duele. Sin embargo, no todas las personas pueden comunicarlo verbalmente, lo que representa un desafío para reconocer y tratar de manera adecuada esta experiencia.

Una reciente publicación de Medscape pone el foco en las dificultades que enfrentan los profesionales de la salud cuando deben identificar dolor en pacientes que tienen limitaciones para comunicarse. La situación puede presentarse en personas con deterioro cognitivo, demencia, algunas discapacidades del desarrollo o condiciones que afectan la capacidad de expresión.

Las herramientas convencionales suelen pedir al paciente que califique su dolor en una escala, por ejemplo, de cero a diez. El problema aparece cuando la persona no puede responder de manera confiable. En estos casos, la ausencia de una respuesta verbal no significa ausencia de dolor. Por eso, la evaluación puede requerir observar otros elementos y reunir información proporcionada por familiares, cuidadores y profesionales de la salud.

Las recomendaciones clínicas para pacientes que no pueden realizar un autorreporte señalan que no existe una medida objetiva única y completamente confiable del dolor. En su lugar, se plantea una evaluación integral que permita reunir diferentes señales para determinar si existe dolor y valorar la respuesta al tratamiento.

El comportamiento también puede hablar

Cuando las palabras no están disponibles, algunos cambios de comportamiento pueden convertirse en señales relevantes.

La investigación publicada en 2026 sobre personas con demencia en centros de atención prolongada encontró que el dolor era identificado con frecuencia a partir de cambios conductuales, además de indicadores no verbales como expresiones faciales, movimientos y vocalizaciones.

Una persona que normalmente mantiene determinada conducta podría comenzar a mostrarse más agitada, retraída o irritable. También pueden aparecer modificaciones en la movilidad, gestos relacionados con el malestar o cambios en la forma de interactuar con quienes la rodean.

Estos signos, sin embargo, no deben interpretarse de manera aislada. Una modificación en el comportamiento puede tener múltiples causas, por lo que necesita ser analizada junto con la historia clínica y la valoración física del paciente.

Ante estas dificultades, existen escalas de observación del dolor diseñadas para valorar conductas relacionadas con el malestar en personas que no pueden comunicarse adecuadamente.

Estas herramientas pueden considerar aspectos como la expresión facial, los movimientos corporales y las vocalizaciones. No obstante, su utilización en la práctica clínica todavía es irregular. Un estudio reciente encontró que aproximadamente la mitad de los participantes utilizaba escalas observacionales de dolor de manera rutinaria en personas con demencia.

El problema no sería únicamente la disponibilidad de estas herramientas. La formación del personal, la carga laboral y la incorporación de las evaluaciones dentro de los procesos habituales de atención también pueden influir en su utilización.

Familiares y cuidadores tienen un papel importante

Quienes conocen de cerca al paciente pueden aportar información especialmente valiosa. Los familiares y cuidadores pueden identificar cambios sutiles en el comportamiento, la movilidad o las rutinas que podrían pasar inadvertidos durante una evaluación puntual.

Esto adquiere especial relevancia en personas con demencia, quienes pueden experimentar dolor con frecuencia y manifestarlo de formas diferentes a las habituales. La evidencia disponible señala que involucrar a quienes conocen al paciente puede contribuir a reconocer modificaciones que ayuden al equipo médico a sospechar la presencia de dolor.

Reconocer el dolor cuando una persona no puede expresarlo verbalmente requiere mirar más allá de una escala numérica. Observar, escuchar y conocer al paciente pueden ser elementos fundamentales para evitar que el malestar pase inadvertido. Las recomendaciones actuales apuntan a fortalecer la capacitación de los profesionales y a incorporar herramientas de evaluación observacional de manera más sistemática, especialmente en poblaciones vulnerables.

En definitiva, cuando las palabras fallan, el dolor no desaparece. Puede cambiar la forma en que se manifiesta, y reconocer esas señales puede marcar una diferencia en la atención y el bienestar de quienes tienen mayores dificultades para comunicar lo que sienten.

Fuente original aquí

Últimos artículos

Accede a la revista sobre Mieloma Múltiple

ingresa tus datos para
recibir la revista por email