Cuando el dolor no puede hablar: ¿cómo identificarlo?

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Cuando las palabras no están disponibles, el cuerpo y la conducta pueden convertirse en las principales señales para detectar el dolor.

El dolor es una experiencia difícil de medir. A diferencia de la presión arterial, la glucosa o la saturación de oxígeno, no existe un marcador objetivo universal que permita determinar cuánto está sufriendo una persona.

El desafío es aún mayor cuando el paciente no puede comunicarlo. Bebés prematuros, niños pequeños, personas con trastornos del desarrollo, pacientes sedados o con demencia pueden expresar el dolor mediante cambios en la conducta, gestos, movimientos o alteraciones del sueño.

La International Association for the Study of Pain (IASP) define el dolor como una experiencia sensorial y emocional desagradable relacionada con un daño real o potencial. Por ello, no depende únicamente de una lesión física, sino también de factores biológicos, psicológicos y sociales.

Aunque se considera la quinta constante vital, continúa siendo la única sin un marcador objetivo universal. Las escalas de intensidad son útiles, pero pueden resultar insuficientes para comprender toda la experiencia. “Describir el dolor solo por su intensidad es como describir la música solo por el volumen”.  Carl L. Von Baeyer, Ph. D.

La Dra. Julia Finkel, anestesióloga pediátrica e investigadora en medicina del dolor, resume parte de esta dificultad: “Como médicos, a menudo nos sentimos impotentes para comprender cómo están experimentando el dolor nuestros pacientes y si los tratamientos realmente funcionan”.

Cuando el dolor aparece antes que las palabras

En los recién nacidos, especialmente en los prematuros, detectar el dolor continúa siendo un reto. La evidencia demuestra que los grandes prematuros sí sienten dolor y que una exposición repetida a procedimientos dolorosos puede afectar su respuesta al estrés, desarrollo neurológico y sensibilidad al dolor.

Un estudio realizado en 30 unidades de cuidados intensivos neonatales españolas encontró que el 66,7 % no utilizaba sistemáticamente una escala clínica para evaluar el dolor. Además, solo el 16,7 % de los recién nacidos había sido evaluado al menos una vez mediante una escala validada.

Un prematuro ingresado en una unidad neonatal puede experimentar una mediana de 16 procedimientos potencialmente dolorosos al día, entre extracciones sanguíneas, canalizaciones y punciones.

Cuando la conducta habla por el paciente

En los niños pequeños, el dolor puede manifestarse mediante llanto, irritabilidad, cambios de postura, rechazo a caminar o pérdida del interés por jugar. En menores con trastornos del desarrollo o dificultades de comunicación, estas señales pueden ser todavía más difíciles de interpretar.

Los padres y cuidadores cumplen un papel fundamental porque conocen el comportamiento habitual del niño y pueden identificar cambios que una evaluación puntual podría pasar por alto. En menores con trastorno del espectro autista, la evidencia indica que no sienten menos dolor, sino que pueden comunicarlo de manera diferente, aumentando el riesgo de que pase inadvertido.

El problema no siempre es que el paciente no encuentre las palabras. En niños y adolescentes con dolor crónico, sentirse cuestionados o escuchar que están exagerando puede añadir sufrimiento. Algo similar ocurre en personas con demencia, quienes pueden perder la capacidad de describir lo que sienten. En estos casos, los cambios en el comportamiento, las expresiones faciales, el sueño o los movimientos pueden convertirse en señales fundamentales.

Detectar el dolor, por tanto, requiere mirar más allá de una escala numérica. Cuando las palabras desaparecen, el dolor no necesariamente lo hace: cambia la forma en que pide ser escuchado.

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