Ejercicio y siesta preservan la memoria tras la privación de sueño

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Un estudio experimental encontró que 20 minutos de ejercicio aeróbico o una siesta de 90 minutos pueden proteger la capacidad de codificar recuerdos episódicos después de 30 horas continuas de vigilia, aunque cada intervención parece actuar mediante mecanismos cerebrales diferentes.

Dormir poco no solo genera cansancio. La privación de sueño también puede afectar procesos cognitivos esenciales, entre ellos la memoria episódica, responsable de permitirnos recordar experiencias, eventos y situaciones dentro de su contexto. Ahora, una investigación publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) sugiere que dos estrategias muy diferentes —el ejercicio aeróbico y una siesta prolongada— podrían ayudar a preservar esta capacidad tras una noche sin dormir.

El estudio evaluó a adultos jóvenes y saludables sometidos a 30 horas continuas de privación de sueño bajo supervisión de laboratorio. Posteriormente, los participantes fueron asignados a una de tres intervenciones: 20 minutos de ejercicio aeróbico, una siesta de 90 minutos o un período de control sin intervención. Después, realizaron una tarea de codificación de imágenes y, tres días más tarde, se evaluó su capacidad para reconocerlas.

Los resultados mostraron diferencias significativas en el rendimiento de memoria. Tanto quienes realizaron ejercicio como quienes tomaron una siesta obtuvieron mejores resultados que el grupo control. En promedio, la tasa de reconocimiento aumentó 21 % en el grupo de ejercicio y 23 % en el grupo de siesta, sin diferencias significativas entre ambas intervenciones.

Más allá del resultado conductual, los investigadores utilizaron electroencefalografía (EEG) de 64 canales para analizar qué ocurría en el cerebro durante la codificación de la información. Los hallazgos revelaron que, aunque el ejercicio y la siesta produjeron beneficios similares sobre la memoria, no lo hicieron mediante la misma vía neural.

En el grupo que tomó la siesta, la intervención redujo de forma más marcada indicadores cerebrales relacionados con la presión del sueño y la fatiga neural. Además, determinados patrones de actividad lenta y theta se asociaron con un mejor desempeño posterior de la memoria, lo que sugiere que el descanso podría ayudar a restaurar un estado cerebral más favorable para aprender y codificar nueva información.

En cambio, el ejercicio pareció actuar principalmente sobre mecanismos implicados directamente en el procesamiento y la codificación de la información. En este grupo, marcadores como la desincronización beta y la amplitud del P300 se relacionaron con un mejor rendimiento de memoria. Según los investigadores, esto podría reflejar una utilización más eficiente de los recursos neuronales disponibles en condiciones de privación de sueño.

Un hallazgo particularmente interesante fue que los participantes que realizaron ejercicio no reportaron mayor fatiga relacionada con la intervención que el grupo control, pese a haber completado una sesión de actividad aeróbica al 80 % de su frecuencia cardíaca máxima. Esto plantea la posibilidad de que una breve sesión de ejercicio pueda convertirse en una alternativa práctica en contextos donde tomar una siesta no sea posible.

Los autores advierten, sin embargo, que estos resultados no significan que el ejercicio pueda sustituir al sueño. El estudio se realizó en condiciones experimentales, con adultos jóvenes y saludables, y evaluó los efectos de una privación aguda de sueño. Por ello, serán necesarios estudios adicionales para determinar si estas estrategias producen beneficios similares en personas expuestas a privación crónica de sueño o en entornos laborales reales.

Aun así, los hallazgos abren una nueva línea de investigación para sectores donde la pérdida de sueño es frecuente y el rendimiento cognitivo puede tener consecuencias importantes, como la atención médica, el transporte y otras ocupaciones sensibles a la seguridad. Cuando dormir no es posible, una siesta o incluso una breve sesión de ejercicio podrían ayudar a proteger temporalmente una de las funciones cognitivas más vulnerables a la falta de sueño: la memoria.

Fuente original aquí

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