La obesidad podría dejar una huella molecular persistente en el tejido adiposo, incluso después de recuperar un peso normal. Un estudio publicado en Cell Reports identificó en modelos experimentales un mecanismo en el que la señalización de TGF-β1 induce cambios epigenéticos en el gen Fbn1, manteniendo elevada la producción de asprosina, una hormona derivada del tejido adiposo que estimula el apetito.
Los investigadores encontraron que la exposición de adipocitos a TGF-β1 aumentó la transcripción de Fbn1 y la producción de asprosina. Lo llamativo fue que este efecto persistió durante al menos 14 días después de retirar la citocina, pese a que la señalización de TGF-β1 había regresado a niveles basales. Los análisis de accesibilidad de cromatina mostraron que determinadas regiones reguladoras de Fbn1 permanecían abiertas, sugiriendo la existencia de una memoria epigenética.
El fenómeno también tuvo consecuencias metabólicas. En ratones con obesidad inducida por dieta que perdieron aproximadamente 10 % de su peso, los niveles de Fbn1 y asprosina permanecieron elevados y los animales recuperaron peso con mayor rapidez al volver a exponerse a una dieta alta en grasas. Incluso después de una reducción cercana al 25 % del peso corporal, suficiente para normalizar su peso respecto a controles, la concentración de asprosina continuó elevada.
La evidencia experimental apuntó directamente al papel de esta hormona. El bloqueo de asprosina mediante un anticuerpo neutralizante evitó el aumento excesivo de peso después de la pérdida ponderal, mientras que la inhibición de su receptor orexigénico PTPRD también redujo la recuperación de peso. Asimismo, una intervención dirigida a favorecer la desacetilación de histonas disminuyó la expresión de Fbn1, los niveles de asprosina y la recuperación de peso en los animales.
El estudio identificó además un posible vínculo entre esta memoria adiposa y la transmisión intergeneracional del riesgo de obesidad. Las crías de hembras con obesidad presentaron mayor expresión de Fbn1 en el tejido adiposo subcutáneo y niveles elevados de asprosina, aun cuando sus pesos corporales eran similares a los de las crías control. Al ser expuestas posteriormente a una dieta alta en grasas, desarrollaron un aumento de peso más acelerado y mayor adiposidad.
Para explorar el mecanismo, los investigadores administraron TGF-β1 a hembras sin obesidad durante la gestación. Sus crías reprodujeron el fenotipo, con mayor asprosina, ingesta alimentaria y ganancia de peso ante una dieta obesogénica. Los análisis epigenéticos mostraron un incremento de 65 % en la señal de H3K27ac en el promotor de Fbn1 en el tejido adiposo de las crías, compatible con una activación persistente de regiones reguladoras.
La reducción o neutralización de asprosina evitó este aumento de peso en la descendencia, mientras que elevar únicamente la asprosina materna no reprodujo el fenómeno. Estos resultados llevaron a los autores a proponer que TGF-β1 materno, y no la asprosina materna, sería la señal capaz de atravesar la placenta y programar epigenéticamente el tejido adiposo fetal.
Aunque los hallazgos ofrecen una posible explicación molecular para la persistencia y recaída de la obesidad, los autores advierten que la evidencia procede principalmente de modelos murinos y experimentos in vitro. Los datos humanos disponibles son observacionales y todavía no permiten establecer cuánto de este mecanismo opera en personas. Por ello, el eje TGF-β1–FBN1–asprosina debe considerarse una vía experimental prometedora y no una explicación definitiva de la obesidad o de su recurrencia.
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