Antes de que el trasplante hepático estuviera disponible localmente, la enfermedad avanzada marcaba un límite difícil de superar. Para muchos pacientes, la progresión clínica reducía las opciones terapéuticas y, con ello, la posibilidad de proyectar el futuro. Alcanzar el trasplante número 500 representa hoy una transformación concreta en ese panorama.
Esa transformación se entiende mejor a través de quienes la han vivido. José A. Colón Rodríguez, paciente número 500, recibió el órgano tras un diagnóstico de cirrosis y cáncer hepático. Para él, el procedimiento significó “una bendición, una segunda oportunidad de vida”. Su recuperación no se resume en cifras médicas, sino en momentos cotidianos. “Puedo compartir un poquito más de tiempo con mis hijos, con mis sobrinos, mis nietos que los tengo pequeñitos y están creciendo ahora”, expresó. En su caso, el trasplante se traduce en tiempo ganado para permanecer activo dentro de su familia.
Esa experiencia individual conecta con la historia de Magda Luciano Rivera, paciente número 100, quien amplía el significado del procedimiento hacia la dimensión humana de la donación. Para ella, el trasplante no solo restauró su salud, sino que creó un vínculo permanente con su donante. “Mientras yo viva, esa niña vive en mí”, afirmó al recordar a la joven de 21 años que hizo posible su cirugía. Desde entonces, entiende el órgano recibido como una responsabilidad ética y un recordatorio constante del valor de donar.
Su testimonio introduce un elemento clave: la supervivencia del receptor es también la continuidad del acto solidario que la originó. El trasplante, en ese sentido, no es un evento aislado, sino el resultado de una decisión altruista que transforma destinos.
La experiencia de Liza Muñoz Ceda, paciente número 103, completa este recorrido desde otra perspectiva. Tras convivir durante años con enfermedad hepática crónica y atravesar una etapa de descompensación severa, el trasplante marcó un punto de inflexión definitivo. “Me convertí en abuela con este trasplante”, relató, subrayando que la intervención no solo prolongó su vida, sino que le permitió alcanzar etapas familiares que antes parecían inalcanzables. La cirugía significó recuperar estabilidad clínica y retomar proyectos personales suspendidos por la enfermedad.
En conjunto,las historias de estos tres pacientes muestran una secuencia compartida: diagnóstico, espera, intervención y continuidad. Cada testimonio se enlaza con el otro en una misma narrativa de acceso, supervivencia y reconstrucción vital.
Así, el trasplante número 500 no representa únicamente un logro acumulativo en términos médicos. Representa la consolidación de una oportunidad real para que más pacientes transformen un pronóstico crítico en una vida que continúa.
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