En los últimos años, el síndrome de Rett ha dejado de considerarse exclusivamente un trastorno del neurodesarrollo para definirse como una condición multisistémica compleja. La evidencia acumulada muestra que, además del compromiso neurológico predominante, existe afectación metabólica, inmunológica, gastrointestinal, cardiovascular y respiratoria, lo que exige un enfoque diagnóstico y terapéutico integral.
La Dra. Mabel Cabrejo Mill revisa en este informe la evolución conceptual del síndrome, su base genética y las estrategias actuales de abordaje, con especial énfasis en la experiencia latinoamericana.
El gen MECP2 codifica la proteína MeCP2, fundamental para la regulación de la transcripción génica y el desarrollo sináptico. Su expresión aumenta durante los primeros meses de vida, coincidiendo con el período de intensa sinaptogénesis. La alteración de esta proteína impacta en la conectividad neuronal, la función mitocondrial y la regulación inflamatoria, lo que explica la presentación clínica amplia y heterogénea.
La mutación es de novo en 99 % de los casos. Se estima que una de cada 10.000 niñas nacidas vivas presenta la alteración genética. Aunque es mucho menos frecuente, también puede afectar a varones.
Fases clínicas
El síndrome de Rett clásico suele atravesar cuatro etapas:
- Inicio temprano (6-18 meses): retraso leve en hitos del desarrollo y desaceleración del crecimiento cefálico.
- Regresión: pérdida de habilidades adquiridas, especialmente lenguaje y uso propositivo de las manos, con aparición de estereotipias.
- Meseta: estabilización parcial, con persistencia de alteraciones motoras y posible inicio de epilepsia.
- Deterioro motor tardío: progresión de alteraciones musculoesqueléticas, escoliosis y limitaciones motoras, sin que esto implique una enfermedad degenerativa terminal.
Es clave destacar que el síndrome de Rett no es un trastorno neurodegenerativo, sino una alteración del desarrollo neuronal con disfunción persistente.
El compromiso neurológico incluye epilepsia (presente en 70-90 % de los casos), trastornos del movimiento, apraxia, alteraciones respiratorias centrales y disautonomías.
Sin embargo, la afectación trasciende el sistema nervioso:
- Gastrointestinal: reflujo gastroesofágico (hasta 80 %), trastornos deglutorios, aerofagia, constipación severa y malabsorción.
- Metabólico: alteraciones en el metabolismo de hidratos de carbono, lípidos y proteínas, con riesgo de hígado graso e insulinoresistencia.
- Óseo: osteopenia y osteoporosis precoz, con alto riesgo de fracturas.
- Cardiovascular: arritmias, síndrome de QT largo y disfunción autonómica.
- Respiratorio: apneas centrales, hipoventilación y alteraciones del patrón respiratorio.
- Inmunológico: disfunción inflamatoria asociada a alteraciones en microglía y activación de vías como NF-κB.
La evidencia experimental sugiere que la deficiencia de MeCP2 altera la homeostasis mitocondrial y la regulación inmunitaria, lo que contribuye al carácter sistémico del síndrome.
El abordaje debe ser temprano y multidisciplinario, involucrando pediatría, neurología, epileptología, gastroenterología, cardiología, neumonología, endocrinología, nutrición y rehabilitación. Las terapias de comunicación aumentativa, como dispositivos de seguimiento ocular, han demostrado mejorar la interacción y reducir conductas disruptivas.
La transición a la adultez representa un desafío en muchos países latinoamericanos por la falta de especialistas formados en enfermedades poco frecuentes.Nota original AQUÍ









